Retajos de historias que siguen sin ser contadas: "EL NÚMERO DEL MARTILLO" (la 3ª novela de la trilogía de Stain Harbour).
En principio, yo la llamaba "La ayudante del mago". Un mero título de trabajo; a saber la de obras que se habrán titulado así. No podía usarlo, desde luego. Pero tenía claro quién era mi protagonista y me servía para ir tirando mientras empezaba a esbozar la historia sobre el papel.
Con esta historia iba a introducir la magia, lo sobrenatural, en ese rincón de mi pequeño universo de ficciones. Aunque era una magia poderosa y extraña que permeaba todo el relato, era también una fuerza incomprendida; mis personajes no llegan a entenderla en ningún momento. No saben de dónde viene, no saben su porqué. No saben cómo detenerla; en realidad, no hubieran podido hacerlo...
Nada saben de la tragedia secreta, ocurrida hace décadas, que lo provoca todo. O del poder antiguo que aún ha de decir su última palabra...
Lo cuento en el epílogo, uno humilde, conmovedor y sorprendente. O eso espero.
Una magia, en fin, que casi nos parece natural e inevitable; pues así querríamos que fuera el mundo. Uno donde el alcance de la voluntad de un corazón encendido careciese de límites.
Sabía de qué iba la historia. La bosquejé. Pensé en ella mil veces; la cambié, la pulí, la mejoré, me desesperé. La había puesto sobre el papel, aunque fuese en forma de esquema... Y perdí el empuje. Aunque, de cuando en cuando, le daba vueltas y la seguía tallando.
EL NÚMERO DEL MARTILLO casi, casi empieza con un incidente imposible en el que se pierde una vida... Espera, no. Empieza rompiéndose un espejo. Uf.
Y la fatalidad, la sombra de la muerte, ronda a nuestra protagonista durante el resto del relato (como siempre, marinado en humor, romance y misterio).
"¿La escribirás algún día, Carlos?"
Quién sabe. Puede. Pero ahora mismo, no sé si llegaré a hacerlo.
He cambiado los nombres de los personajes varias veces (en ocasiones, por excelentes motivos).
El mago Kino Hiromi era, en principio, Nick Huang.
La protagonista, April Goodwin (¿Goodwill?) era Julie Kane...
La concejal de cultura del ayuntamiento de Stain Harbour fue una descendiente de la señora Blackwell, luego una tal señora Tilly y finalmente una tal señora Hurlinson.
Y el señor Pratt, dueño del espejo, me llegué a plantear en convertirlo en un anciano Henslaw Rawlings (sí, el becario de "...Fresco").
El capitán de policía que lleva la investigación es Shiro Kajizo y hasta llega a contactar con una desconcertada Miranda Tucklin para tratar de entender cómo es posible esa especie de maldición que aqueja a April: la de (aparentemente) ir saltando -siguiendo una progresión matemática- hacia su inevitable muerte en el mar.
Además, el periodista japonés que viene al entierro de su amigo de siempre -el mago- es ni más ni menos que el mismo narrador de "A FALTA DEL SEÑOR HIMURA".
Un festival, por tanto, de viejos amigos; todos ellos involucrados en una carrera contra el tiempo y el desastre, intentando resolver lo irresoluble...
A continuación os dejo los textos que he podido salvar (y medio organizar) del inicio de esta novela en ciernes.
Y, tras ellos, os permito echar un vistazo a mi planteamiento original (el que me dejó luego en dique seco ante la página en blanco); las páginas escaneadas por separado. Por si queréis curiosear en mis apuntes, una instantánea borrosa de cómo hervía esta historia en mi cabeza.
Que lo disfrutéis.
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PRÓLOGO.
Si llevas un tiempo en esto de la escritura, sabrás de qué te hablo. Y si no...
Las historias son como los tiburones: te huelen de lejos, te buscan, se acercan con más o menos vergüenza y luego dan vueltas a tu alrededor, tanteándote, casi pensándose si darte un tiento o dejarte pasar.
Claro, eso depende del hambre. Del hambre del tiburón o de la urgencia de la historia, que vienen a ser más o menos lo mismo.
He nadado por el océano de la vida durante años y años sin ponerme a hacer lo que debía: escribir todas esas historias que se me han ido acercando y me rondan y no me dejan en paz. Las noto impacientarse más y más. En cualquier momento puedo llevarme un mordisco...
¡Menudo problema!
Y, qué demonios, lo reconozco. No soy tan valiente.
Conque, bueno, ME RINDO.
Hale, al tajo. No queda otra salida. ¡A escribir, peque! ¡A gastar las teclas del ordenador!
Y un problema menos.
“¿A qué vendrá este rollazo de introducción?”, estaréis pensando.
Pues viene a que esta historia -”El número del martillo”- tiene las dos cosas. No, no hablo de martillos y números, aunque también. Quiero decir problemas y tiburones. O, al menos, un tiburón: un pez martillo.
Uh, probablemente. No es un pez martillo cualquiera. Es un macho adulto de pez martillo gigante (más pequeño que las hembras) y sí, eso es una especie real. Búscalo en red en ese móvil del que no separas la nariz.
(Vaya, “A palmo y medio de las narices” -“Almost in your nose”, puestos a ponerme con una versión en inglés atroz y espantoso- sería un título fantástico para un relato corto acerca de un móvil que cobra consciencia de su existencia... Una comedia. Con un giro inesperado y chocante al final. Nunca se sabe, a ver qué puedo hacer con ello. Quizá como extra, al final de la historia principal).
Para los tiquismiquis de la formalidad en las presentaciones -y, sobre todo, para quienes tienen esa molesta tendencia a amontonar trastos inútiles en casa- debo añadir que esta historia también va de trastos y pingos. De nada.
Me he molestado en levantarme de mi silla frente al ordenador (va bien para descansar las cervicales) e ir al cuarto de estar a mirar en la vieja enciclopedia, la de papel sin satinar del año de la nana, la que mi padre ya mandó restaurar en su día porque se le caían las tapas de cartoné de puro viejas... Ésa.
Y resulta que para la entrada de “Trasto” tiene varias definiciones. En la segunda ya apunta que suele ser algo a lo que no se le da uso. Y en la tercera, albricias, incluso se molesta en llamar así al atrezzo y utillería que se puede usar en escena para un truco de magia.
Resulta de lo más oportuno, porque -¡Anda!- esta historia también va de magia y trucos, ambos dos que diría el proverbial hombre de a pie (incluído sin duda en la Teoría de la Evolución de Darwin).
O de números con martillos.
Que son importantes. Como la magia y los trastos y los libros viejos y las aletas que rondan en círculos. No los descuides.
Podrías perder tu vida.
01. ESPEJO ROTO.
April Goodwin llega a casa cansada y disgustada. Acaba de perder su empleo en la gasolinera. El mismo que aborrecía pero necesitaba para contribuir a pagar el alquiler.
Lleva apoyada una bolsa de compra de papel en el brazo derecho y las llaves en la mano izquierda. Cuando entra en el piso de su hermana, intenta dar la luz, trastabilla, se tambalea y acaba dándose contra el espejo del recibidor.
El espejo se sale de la alcayata que lo soportaba, faltaba más, y se estampa contra el suelo y se rompe en unos pocos trozos grandes y un centenar de esquirlas brillantes, afiladas y peligrosas. Por no hablar del marco. Su precioso marco Decó, un resto de tiempos más elegantes, magullado por la inevitable vulgaridad de un accidente doméstico.
Cómo un maldito espejo puede hacer tanto ruido al hacerse pedazos es inexplicable si te paras a pensarlo.
La ruidera sobrecoge a April, que se queda congelada por instinto en una pose de defensa: medio encogida, con el brazo tratando de cubrirse la cara y sin atreverse a moverse.
Y, a continuación, el alarido de su hermana Sandra desde el fondo de la vivienda.
A cualquier analista de alaridos bien considerado le costaría decidir si el alarido de Sandra carga más susto, sorpresa o enfado.
Si, ah, podemos llamar enfado a una rabia aniquiladora en busca de culpables.
Y sí, vale, Sandra es la hermana menor de April.
Pero no por eso da menos miedo.
Durante un instante, un segundo, casi nada y la vida sigue, el sistema nervioso de April se plantea salir corriendo como mejor opción posible. Pero las pisadas urgentes de las chancletas de ir por casa de Sandra se precipitan hacia ella tan rápidas que se rinde, se queda quieta en una versión ligeramente menos alarmada de su pose de defensa y espera un par de latidos de su enloquecido corazón a verla aparecer por la esquina del pasillo con la cara demudada en un rictus de horror feroz.
-Pero ¿qué ha ocurrido aquí? -grita Sandy rabiosa, parada en pie a metro y medio del desastre, los brazos abiertos tratando de abarcar la visión del pasillo salpicado de cristales rotos.
-Lo siento, de verdad que lo siento. Lo siento mucho -susurra April.
-¡El fin de nuestro contrato de alquiler en cuanto el viejo Pratt asome la nariz por esa puerta cuando venga a cobrar el mes! -grita Sandra aún más alto, un logro difícil de conseguir. Sandra impone incluso con su ropa de ir por casa: una blusa amplia y suelta y pantalones blanditos y largos. Quizá restos de un pijama, quizá alto con lo que pegar saltos y golpes sobre un tatami.
-Bueno, Sandy, cálmate. El susto me lo he llevado yo...
-¿Tengo pinta de no haberme asustado con el estrépito? Oh, mira este desastre... Al Sr. Pratt le va a dar un soponcio. El espejo era su pingo favorito.
-Y ¿por qué no lo tenía en su casa? -replica bajito April.
Sandra se lleva el puño a la frente y cierra los ojos, tratando de digerir la catástrofe.
-Decia que le daba clase al piso. Que si era una antigüedad, un objeto de coleccionista.
-An, vale. Para cobrar un poco más de alquiler.
-Que si lo sacó de una subasta, restos de un club del viejo Hollywood. Que si ante el espejo se habían retocado el lápiz de labios ésta y aquella gran actriz de la edad de oro del cine. Y le brillaban los ojos al contarlo...
-Debería haberlo colgado en su cuarto de estar.
-Pues no lo hizo -replica Sandra girándose brusca hacia su hermana. -Lo dejó aquí. Y ahora tenemos este cisco entre manos. -Resopla y sentencia más bajo: -Esto no hay quien lo arregle...
Ése es el momento en que a April se le ocurre una idea desesperada; la que empieza la caída de dominó en cascada en que se va a convertir el resto de su vida.
-¿Seguro? Alguien habrá que sepa hacerlo. Y no creo que sea tan difícil. Alguien que trabaje en esto de hacer espejos. Alguien que sepa lo que hace. Alguien podrá.
-¿Arreglarlo? ¡Está hecho pedazos, April!
-Arreglar el marco. Sustituir el espejo.
-¡Es un espejo viejo!
-Y esto es la zona de la bahía. La mayor concentración de artistas y bohemios del mundo. Alguien habrá que sepa imitar un espejo viejo. Le llevamos los trozos grandes. Escucha, el día que llegué, hace apenas cuatro meses...
-Dichoso día -rebufa Sandra.
-Ya, bueno. ¿No lo recuerdas? El momento en que crucé la puerta. Me diste un abrazo... Y luego nos hicimos un par de fotos aquí mismo, delante del espejo. Pistas para el tío del espejo.
Sandra calla, mirando el suelo.
-Vamos...
-No lo sé, April.
-Vamos. Y salimos de ésta.
-No lo sé. En cuanto el viejo señor Pratt entre y huela el olor del barniz o de la cola, se acabó. Y quedan sólo diez días para primeros de mes. Vendrá a cobrar en diez días. En cuanto llegue, estaremos acabadas.
-¿Y tú qué sabes?
-Ah, ¿tú sabes más? ¿Tienes oscuros conocimientos ocultos de restauración de espejos con adhesivos milagrosos que pasan desapercibidos?
-No hace falta que te pongas sarcástica, Sandy.
-¡Pues a mí me parece un momento perfecto para el sarcasmo! ¡Justo antes de la desesperación! ¡Y de la rendición, creo!
-Y se te da de maravilla. Pero, por otra parte... Oye, a lo mejor tenemos suerte. Tú lo has dicho, no tenemos ni idea de este asunto. Igual se puede dejar lo bastante bien como para que la cosa cuele...
Sandra calla unos segundos, ceñuda.
-Igual. No sé.
-Por eso -insiste April. -Venga, chica, no perdemos nada por preguntar por ahí. En una cristalería. En una tienda de enmarcación. En un taller de ebanista...
-Lo dicho, acabadas. Perdidas.
-Faltan diez días. Vamos a intentarlo. Vamos a...
-Vamos a recoger la escoba y un recogedor -suspiró Sandy de nuevo. -Hay que quitar ese montón e cristales del suelo del recibidor.
-Claro. Pero no nos rindamos todavía, ¿quieres? -le ruega April. -Déjame devolverte el favor. A fin de cuentas, si no fuera por tí, yo ya me habría rendido cuando Louis me dejó...
-Si te hubieras casado con ese tío, ahora tendrías un divorcio entre manos y la promesa de una bonita cantidad de dinero viajando hacia tu cuenta corriente.
-Ya, bueno. En aquel momento creí que duraría.
-Pues acabaste en la calle.
-Era su casa.
-De verdad que no quiero volver a tener esta conversación. Voy a por la escoba y el recogedor. -Se para un momento- Y quizá una caja de cartón para los trozos grandes de espejo.
-Buena idea.
-¿Cuándo cobras tu birrioso sueldo de chica de gasolinera?
Rayos, piensa April. En fin, no puede ser peor momento pero no quiero repetirlo mañana...
Se saca un puñado de billetes de diez dólares del bolsillo.
-Toma. Es mi finiquito.
Sandra abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.
-Has perdido otro empleo.
-Ya me conoces. Mala suerte. Lo siento. Y siento que coincida con esto...
-Las coincidencias no existen, señorita Goodwin.
-Ya. Eso dicen tus libros New Age, doña teleoperadora agresiva... -le espeta, cansada, y se arrepiente al instante. Demasiado tarde.
Sandra baja la voz de nuevo. Una voz mínima, grave, helada.
-Como acabas de admitir, el sueldo con el que te mantengo. Ya te veo saliendo disparada a la oficina de empleo, guapita.
-En realidad, me he pasado por ahí mientras venía de vuelta para casa pero iba con la compra y...
-¿Alguna oferta de colocación interesante en el escaparate? ¿Que puedas conseguir y mantener estos díez días?
-No estoy segura. Puede.
-Puede. Vale. -Suspira. -Voy a por esa escoba.
“Tan malos como el que acabo de perder”, piensa April.
Pero de repente, el espejo favorito de su casero está roto en pedazos y su hermana la arrincona pidiéndole dinero. Por primera vez.
A lo mejor habrá suerte y cuando se le pase el enfado...
“No, claro. No se trata de eso, ¿verdad?”, ha de admitir April a regañadientes.
Es responsabilidad suya. Una que no puede seguir eludiendo.
-Voy a por la escoba y el recogedor -dijo Sandy.
Y a April le queda clarísimo que le toca volver a salir, acercarse a la agencia de trabajo temporal y tratar de conseguir un empleo por malo que sea. Y más tarde, quizá mañana, tirar del viejo tomo de páginas amarillas que tienen como curiosidad en la estantería del cuarto de estar -o mejor aún, tirar de internet – y buscar y tener la chiripa de encontrar un buen reparador de espejos en el área de la bahía que no sea demasiado caro... Uno a quien pudiesen pagar por dejar aquel trasto como estaba o, en su defecto, como nuevo.
Gruñó. Salió y cerró con cuidado esta vez, sin hacer ruido.
02. EN LA OFICINA DE EMPLEO.
Si vives en Recogida y necesitas trabajo, puedes dirigirte a una de las cuatro oficinas de empleo abiertas entre Peakable Street y Foot of the Hills. Están Bedford Temporal Employment, Job Inminent, The Workstand y la más antigua de todas, Recogida Hiring, que lleva más de setenta años atendiendo a los vecinos del este de la bahía.
El local de Recogida Hiring es pequeño y se encuentra cerca de la parte histórica del barrio: en la esquina de la Avenida Pablo Staunton con Brown Street, en un bonito edificio de madera pintado de blanco de cinco pisos con grandes ventanales. Las aceras están pavimentadas con grandes losas cuadradas y recorridas por hileras de acacias, altas y esbeltas. A finales de la primavera, cuando llegan las tormentas, el borde de la acera y las orillas de la calzada de adoquines desgastados se llena de blandos frutos blancos -arrancados por el viento y la lluvia- que medio ciegan los registros y desagües del alcantarillado municipal y motean los coches aparcados. Es una zona comercial, pintoresca, alegre y bien cuidada de la Pequeña España de Stain Harbour... Sobre la fachada principal en la avenida y justo a la altura del techo del local, un gran letrero rojo con el nombre de la empresa : “Recogida Hiring. Charlie Hampton and Co. Established 1947”. Y una continuación del mismo, exento, perpendicular a la pared... “Because everyone has a job to do”. Bajo el cartel principal, un gran escaparate: una cristalera de tres metros de largo da algo de luz al interior del local a través de unos visillos blancos con un elegante calado en los bajos. Entre los visillos y el cristal, un pantalla plana de noventa pulgadas suele anunciar las últimas ofertas de empleo a los viandantes. Es el progreso; durante cincuenta años, antes de la pantalla había una gran corchera donde se clavaba con chinchetas pequeñas tarjetas de cartulina con las ofertas de empleo más urgentes y más interesantes...
Pero hoy la pantalla está apagada.
En el área de espera hay cinco personas sentadas y tres de pie. Una de ellas es April. Tiene en la mano un papelito con forma de púa de guitarra (o de etiqueta de quesito, para quienes les gusten esas cosas) con su número de turno. Está curioseando los folletos de un expositor vertical, muerta de impaciencia porque ella es la siguiente. Pero Bette -la persona dela agencia que ha quedado libre hace apenas un minuto- está sacándose un café de la máquina que hay al lado de los mostradores de atención a los clientes. Y tiene cara de pocos amigos.
¿La razón? Los ordenadores de sobremesa están apagados y desmontados y todo son cables y cajas de metal abiertas. Las mesas de la oficina están cubiertas de papeles: hojas de bloques de notas y tarjetas de fichero y hojas amarillas lineadas y fotocopias, entre botes de lápices y agendas y objetos personales que otro día hubieran estado bien, pero que ahora estorban y pueden acabar rompiéndose.
Y sí, hay dos operarios del servicio técnico con monos de color crema afanándose con el módem de la empresa, justo junto a la pared del fondo. April lleva un rato oyéndolos discutir por lo bajo y a veces mascullar con disgusto. El más enfadado es el alto y delgado, el que lleva la voz cantante. El otro, el bajito -quizá sea un aprendiz- habla un poco más alto, pero apenas se le entienden cosas como “¿Sí?”, “Ahá” o “Ya veo”. El alto acaba de cerrar la caja y la pone en su sitio. Unas lucecitas de colores parpadean en el lado de la caja. April las mira, embobada. Los técnicos se dirigen al escritorio sin gente. El pequeño choca con Bette y casi le derrama el café.
Bette para y trata de apartar a un lado el café y le echa una mirada furibuna al técnico bajito.
-Alguien va a acabar quemándose hoy -le espeta.
-¡Oh! Perdone.
El técnico alto le da un codazo al pequeño.
-Deja de tontear -le dice entre dientes.
El bajito piensa algo para resolverlo.
-Huele bien -intenta.
-Huele bien -repite Bette mientras se sienta. Resopla. Pulsa un botón, un llamador marca el número de April y Bette dice “Siguiente” y hace un gesto vago con la mano, como invitando a quien sea a acercarse.
April se sienta frente al caos de la mesa de Bette.
-Buenos días. Soy April.
-Sí, ya, me acuerdo de tí. Dame un momento.... -Bette mira el montón de hojas sobre su mesa, buscando un lugar para dejar su vaso de café. Justo en ese momento, el técnico alto deja una cajita en el único lugar libre de la mesa. Bette suspira y deja el café en el suelo, al otro lado. Donde los técnicos no puedan tirárselo. Luego se pone a rebuscar entre las hojas que tiene delante...
-Ya puedes encenderlo, Timmy Ray -dice el técnico alto.
-Voy, Ernie.
Timmy Ray aprieta primero el interruptor de una regleta de la que salen un montón de cables y le da al interruptor, que se ilumina- Suena el tono ascendente del ordenador arrancando. Luces piloto, la pantalla, todo se enciende. Timmy Ray pone una sonrisa de bobo, pero Ernie sigue serio, el gesto imperturbable.
-A ver qué nos da...
Timmy Ray se incorpora y se acerca al monitor para poder ver la pantalla.
Bette gruñe. Lo mira de refilón. Timmy Ray se rasca la coronilla, aún avergonzado.
Ernie da un golpe seco a la tecla F10. Unos segundos después, el menú del sistema sale en pantalla.
-Vale, ¿cómo me has dicho que te llamas...? -dice Bette.
-April Goodwin. Tenían mi curriculum, pero lo he traído corregido y ampliado.
-Otro día te diría que no hacía falta, pero hoy...
Bette coge la hoja impresa que le pasa April. Le echa un vistazo rápido.
-Vale. Vale, ya veo. ¿Qué te ocurrió en Dennis' Diner? Firmaste la semana pasada...
-Al final de mi turno se me cayó una bandeja...
-Eso es normal cuando empiezas de camarera.
-...Encima de los clientes de una mesa, una familia -resopla April-. Fue un desastre. La jarra de cerveza le día al padre en la nariz y empezó a sangrar...
Bette pone cara de perplejidad. April se encoge de hombros con una sonrisa de circunstancias y mira por casualidad a los dos técnicos. Callados, helados, el tal Ernie con su cara de palo y los ojos muy abiertos; Timmy Ray con una mueca de dolor por simpatía.
-¿Van a tardar mucho más con ese aparato? -les dice Bette.
Los técnicos apenas consiguen cambiar el gesto cuando se giran para mirar a Bette.
-Lo necesario -replica seco Ernie.
-Lo necesario. Menos mal -sentencia Bette. Luego, a April: -Un mal día lo tiene cualquiera. Aquí dice que eres... Astrónoma, ¿verdad?
-Sí. -musita April. -Doctora en Astronomía. Ciencias. Cualquier cosa con matemáticas me viene bien, la verdad. La semana pasada vi una oferta en el escaparate, “Profesora para repasos en una academia”, pero duró dos días...
-Contrataron a alguien.
-Claro.
-Déjame echar un vistazo a lo que tengo por aquí...
Bette repasa las hojas que lleva en las manos.
-...Dependienta en outlet de caza y pesca... Camarera, diner.... Anda, mira, éste era el tuyo. Habrán venido a ponerlo otra vez esta mañana. Qué más... ...Camarera, bar deportivo... -Bette le echa un vistazo a la figura de April -Bueno, darías el tipo, eso seguro.... Dependienta, puesto de helados... Monitora de guardería...
-Casi que la guardería no -dice April.
Bette la mira por encima de las gafas. De las patillas les sale un cordón de seguridad que le cae sobre la base del cuello y el escote, tienen montura rosa oscuro y está clarísimo que son bifocales.
-No, ya. Vale.... -Bette para un momento, sin poder reprimir un gesto de impaciencia. -Esto sería más fácil tirando de la base de datos, pero ayer un imbécil hackeó todos los aparatos de la zona de la bahía para mandar un vídeo de un chimpancé jugando al billar. El muy c$%&n bloqueó el resto de los contenidos.
-Se lo ponemos en marcha en 10 minutos, señora -masculla Ernie, furibundo. Timmy Ray mira a Ernie, mira a Bette y asiente para sí.
-...Y aquí el servicio técnico lleva un rato largo trasteando con todos los aparatos de la oficina, pero en diez minutos lo tendremos listo. ¿Ves? Todo es genial.
Gruñe, más suave esta vez. Estudia el desorden de la mesa y saca de debajo de todo aquello un par de fotocopias que llevan escritos a mano y rodeados con boli azul los números “3” y “4”.
...Y menos mal que teníamos copias duras -murmura.
-Copias duras -le sonríe Timmy Ray a April, ingenuo y feliz.
Bette y Ernie lo fulminan con miradas feroces.
-...En tarjetas de cartulina, a la antigua.
-Y te solías reír de eso -le dice un compañero desde una mesa cercana. Es un señor mayor y, bueno, ahí se oye todo.
Bette suspira y vuelve la mirada al puñado de legajos. Señala a su compañero y dice, vencida:
-Aquí, Brandon. Es de la vieja escuela y le gusta los archivadores de tarjetas.
La sonrisa de Brandon se hace más ancha. Levanta su archivador de tarjetas y se lo enseña a April.
-Es más rápido que el ordenador -sentencia, feliz.
Ernie se vuelve y lo mira mal un segundo. Sigue tecleando furioso, poniendo a punto el menú.
-¿...Y quizá lo del Club....? -intenta cambiar de tema Bette.
-Me pasa como con la guardería -contesta April.
-Ya- dice Bette, comprensiva. Le enseña las dos fotocopias que había buscado antes, las del “3” y el “4”.
Esto es lo que ha entrado esta mañana... Azafata para promociones de marca de tabaco, dos días... Buzoneo de propaganda, un día...
-Si no queda otra cosa desde luego, pero necesito más dinero que todo eso...
-Como todos, querida.... Repartidor de pizza, debe tener su propio ciclomotor.
-Soy peatona.
Esta vez, Bette la mira por encima de las gafas para echarle un vistazo incrédulo.
-¿Coche tampoco?
-Tampoco. Bueno, a ver, tengo el carnet... Rayos, creo que caducado...
Bette mantiene la mirada un poco más mientras April rebusca en su cartera, saca el carnet, busca la fecha de caducidad y pone cara de decepción, mortificada.
Bette sigue leyendo.
-Conductor de grúa... Casi lo dejamos.
-Sí -dice April.
Quizá debería empalmar los trabajos cortos, piensa.
-Tengo un carro de la compra, puedo hacer lo del buzoneo y volver mañana a última hora... -se rinde April.
Pero Bette le hace un gesto, “Espera, escucha...”
-Esto podría venirte bien -le replica, y la vuelve a estudiar por encima de sus gafas. A Bette se le tuerce una sonrisa de picardía. - Esto podría venirte muy, muy bien.
April contiene el aliento.
Ernie ha dejado de teclear. Timmy Ray y él miran a Bette con cara de expectación. Bette les echa un vistazo por el rabillo del ojo, suspira y niega con la cabeza. Luego la inclina un poco y vuelve a sonreír a April.
-”Ilusionista reconocido busca asistente -lee.- “Se requiere entusiasmo, conocimiento de ciencias, buena presencia. Contrato hasta acabar la gira actual (dos actuaciones más), posibilidad de renovación al final de la misma para la próxima temporada...”
Hay unos segundos de silencio incrédulo. Luego April pregunta, para asegurarse de que ha oído bien:
-¿La ayudante de un mago...?
Bette asiente, encantada.
-”El Gran Kano Hiromi...” Pinta bien.
Vuelve a repasar a April de arriba a abajo y se le ensancha la sonrisa
-Querrán a alguien como tú. Eh, Brandon, ¿puedes venir un momento...?
Brandon se excusa con la persona a la que está atendiendo y se acerca a la mesa de Bette.
-¿Quién ha recogido esta mañana la oferta del mago...?- le pregunta Bette.
-Yo mismo. Un hombre amable, cincuenta y tantos, vestido de sport. Hemos charlado un rato y, escucha, lo he buscado en el móvil: bastante conocido en el mundillo.
Bette pone mirada incrédula. ¿Brandon buscando algo en la red...?
-Parecía algo preocupado. Me dijo en confidencia que tiene una actuación en nueve días y tendrá que darle formación a quienquiera que contrate...
-¿Que le pasó a la ayudante anterior? -dice April.
Brandon la mira, como si tratase de enfocarla bien.
-Se casó y se fue de luna de miel a Hawaii.
-¿A dos actuaciones para acabar una gira? -se le escapa a Timmy Ray en alto. Y, al ver la cara de April, se arrepiente al momento.
Brandon se encoge de hombros.
-El mundo del espectáculo tiene su desgaste, supongo. Pero, si le sirve de algo...
April se adelanta un poco hacia él.
-¿Sí?
-Si le sirve de algo, me pareció una estupenda oportunidad.
Y se vuelve a su mesa.
Bette, sonriente, mira a April.
-Ah. Ah. Una estupenda oportunidad.
Ernie y Timmy Ray no pueden apartar los ojos de ella. Y April....
April sonríe algo forzada, suspira y dice:
-De acuerdo, lo haré.
Bette coge papel y bolígrafo.
-Te apunto sus datos.
El ordenador pita. Ernie y Timmy Ray salen del hechizo del momento. Luego, su atención se pierde en la pantalla del aparato.
03. EN LA COMISARÍA (PRIMERA VERSIÓN).
Conque así son las cosas en realidad. Estoy esposado a la pata de una mesa en la comisaría de Fairsay, sentado en una silla vieja y cómoda frente al escritorio rebosante de papeles de un poli. Bueno, no de un poli cualquiera, ojo. Del poli al que le han echado encima el caso. En el escritorio tiene un letrero, uno de esos que ya no suele usar nadie. Pone “Sgt. Det. Mirskin”. Ni idea. Un detective, como en la tele. Ése que viene por ahí, con tanta pinta de cansado como yo...
-Vale, señor... Tapparossa, ¿sí?
-Tapparossa -repito, como un tonto de capirote. Intento rehacerme... -Kyle Tapparossa. Soy Kyle.
-Kyle. Ayúdeme un poco.
-Lo que usted diga -se me ahoga la voz en un susurro.
Y no debería. Pero...
La comisaría alrededor está bastante animada. El personal lidia con un montón de fauna urbana a la que se le ha pasado el sábado sin sentir y se ha metido en las primeras horas del domingo de manera equivocada.
-Ha perdido un libro.
-Nos lo robaron.
-Sí, tengo aquí sus primeras declaraciones.
Mi poli, Mirskin, repasa con la mirada el montón de papeles que tiene delante y resopla. Tiene seguro, seguro la denuncia de mi jefa -la fiera de Hurlinson- que no estaba allí, no vio nada y no tardó ni medio minuto en echarme el muerto. El registro de salidas del día, me imagino... Unas fotos del Folsom, claro. Las hice yo mismo hace unos años; vamos a catalogar esta pequeña joya con elegancia, se reía Manuel. El dichoso Folsom, un libro inútil, un chiste para la historia de la ciencia.
Y ahora mismo, un problema en mis manos.
El poli me mira; le pagan para que se tome esto en serio y delante me tiene a mí, que es como no tener nada. Sé cómo se siente. Vuelve a suspirar, cambia la postura y las ruedecitas de su sillón rechinan.
-Trabaja usted para la biblioteca pública de Stain Harbour aquí, en Fairsay...
-Ya no. Me suspendió la señora Hurlinson hace hora y media.
-Ah, sí. Lo he visto anotado al final del atestado.
Noto que me viene una oleada de calor a la cara. La mano que tengo esposada, la izquierda, me tiembla y no puedo pararla. Y no puedo evitar mirar un instante para otro lado. Esto es ridículo.
-Cuéntemelo otra vez, Kyle.
La chica del callejón estaba allí hace un rato, en otra mesa. Pero ya no.
La ayudante del mago. Del mago muerto, recalca una vocecita dentro de mi cabeza. Y me siento enfermo.
Le había costado un buen rato calmarse. Me había mirado unas cuantas veces, tan desesperada y perdida como yo. No, espera. Más. Y luego sólo se veía callada, hundida. Tan hundida...
-¿Qué quiere saber?- me sale algo ronco.
-Todo lo que ha ocurrido. Los hechos. Tan claros como los recuerde.
Y, por una vez, no tengo ni idea de por dónde empezar. Me quedo ahí pasmado, mudo, mirando al vacío.
-Tranquilo. Tómese su tiempo. Tenemos toda la noche.
Uf.
-Hubo un tiempo en que la vieja fábrica de cometas era como mi propio hogar. Pero ya no.
-¿La fábrica de cometas...?
-Sí, claro. La sede de la biblioteca donde trabajo. Es la sección número 4, la sede central que alojaron en la vieja fábrica de cometas Ridell. Había sido un buen negocio, ¿sabe? Desde los años veinte hasta primeros de los sesenta, pero finalmente acabó por perder dinero y quebró a mitad de 1965. En julio. Solía ser un buen mes para las cometas.
El poli me clavó la mirada.
-No me mire así, soy el guía oficial del museo. El proyectista del ayuntamiento dejó sitio para una sala que hiciese las veces de museo en la entrada lateral. Y oiga, es un edificio bonito, con esos aires art decó.
-Guía del museo...
-De martes a jueves de diez a once de la mañana y los viernes de once a doce, salvo Navidad y Año Nuevo. Cerramos los lunes.
Mirskin tomó nota en una libreta de papel amarillo. Pautada. No me viene el juego de palabras.
-Así que es bibliotecario y guía del museo adjunto...
-Por algún motivo misterioso que no acabamos de comprender, cuando hacemos reservas para grupos por teléfono -o a través de nuestra página web-, el turno más solicitado es el del viernes. Y si citas para el viernes, al otro lado del auricular la gente suena, ah, no contenta y vale; suena encantada. Más que encantada.
-Más que encantada...
-Eufórica, diría yo. Por no mencionar toda la gente que pide venir los lunes.
Mirskin mira sus notas y tuerce el gesto.
-¿Los lunes? Pero, ¿no ha dicho usted hace un momento...?
-Exacto. Les haces notar otra vez que no hay servicio ese día y lo sentimos, nos hemos quedado sin viernes disponibles... Y ellos te replican que sí, que ya lo habían visto, vale, el jueves tampoco está tan mal... Pero, ¿seguro que no puede ser el lunes?
Mirskin sonríe y rebufa. No sé qué más apunta, algo rápido. Un garabateo. ¿”La gente es idiota”...?
-Esos momentos sacan de quicio a mi compañero, Manuel. A ver, Manuel es un tío majo; uno que por lo demás rebosa simpatía y suele tener muuuuuuucha paciencia con los usuarios. Y Nina, nuestra hippie residente, la veterana del grupo -ahora mismo debe de estar a seis o siete meses de la jubilación- se muere de la risa. “Es el precio a pagar” le dice siempre. “El precio por señorear aquí, en este bello lugar: tan espacioso, tan lleno de aire y de luz. Con su placita exterior, su jardín trasero, su puerta de forja en la entrada al recinto...”
Me callo un momento.
-“Allí me besó Gwen por primera vez”, solía decir yo llegados a ese punto. Pero eso era antes.
Mirskin entrecierra los ojos sin perder ni un ápice de atención.
-¿Quién es Gwen?
-Era mi esposa.
El detective se queda en silencio, como pensándose cómo ha de seguir.
-Se cansó de mí. No viene al caso, créame. -Suspiro. -A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí. El museo. Cuando a Edwin el Raro le tocó aquella pasta en la loto y se largó dejando sólo un sobre con su renuncia dentro, un manojito de llaves y el puesto de guía vacante, los tres creímos que le tocaría el muerto a quienquiera que contratase el ayuntamiento para sustituirle. Pero aquello llegó justo en la locura de los recortes de la crisis del 2008 y un par de semanas después, nos hicieron saber que nanay, que estábamos solos. Como el puesto de guía llevaba incluído un pequeño aumento de diez dólares semanales nos lo rifamos a “piedra, papel, tijera”. Manuel, por principios; Nina porque pese a tanta paz, amor, yoga e incienso en su día a día es el bicho más competitivo que he conocido jamás; y yo, porque entonces estaba en mi etapa de “Voy a rehacer mi vida”, que incluyó el proyecto de Cuentacuentos (salacot incluído), el viaje a Roma y aquel curso de tiro con arco de cinco días del que me salí a los tres porque me lesioné el hombre tratando de desclavar (mal) una flecha de la diana... Pues eso, acordamos que se lo llevaría el primero que ganase tres rondas seguidas. Jugamos durante veinte minutos. Fue bastante intenso. En fin. Y, bueno, no sé para qué se lo cuento: ya sabe usted que acabé ganando el puesto.
El detective Mirskin se está impacientando.
-De acuerdo. Sólo quería entender...
-El resto de mi horario laboral es lo habitual: atender a préstamos y devoluciones, recolocar el material, inventariar el material nuevo, catalogar... Activar el Dukakis, el sistema de seguridad nuevo. Un rollo. Y no me veo haciendo nada mejor dentro de cinco años.
-Kyle.
-Sí, dígame.
-Hábleme de lo que ha pasado esta noche.
Madre mía, eso ya me lo ha dicho antes. Estoy desvariando...
-Vale.
04. EN LA COMISARÍA (SEGUNDA VERSIÓN).
Comisaría de Fairsay, Stain Harbor. La una y media de la madrugada del veintidós de junio de 2019.
-No
tiene sentido –dice el detective Mirskin.
-No
sabría decirle- le responde el tipo al que está interrogando. Uno que viste algo arreglado, pero informal. Llama la atención el pelo arisco, despeinado…
Mirskin,
cansado, deja marchar un suspiro.
-Quizá
se nos haya escapado algún detalle. Si
no le importa, vamos a empezar de nuevo…
El
otro hace un gesto de hastío.
-Muy
bien. Como a usted le parezca. ¿Por dónde quiere empezar ahora?
Mirskin
lo mira como si fuera obvio.
-Por
el principio. Por favor, ¿me repite su
nombre completo?
-Kyle
S. Tapparossa. La “S” es por Salvatore.
-De
acuerdo. ¿Edad?
-34.
-¿Domicilio?
-Stanton
Square, número 4, segunda planta letra A, Windborough, Stain Harbor. Encima de la panadería de la familia Pradilla. Suele oler de maravilla por la mañana…
-He
visto que tiene carnet de conducir. Ya he
sacado su archivo digital de Tráfico y lo he añadido al informe. ¿Estado Civil?
-Divorciado.
Algunas cosas no duran…
Mirskin
se lo queda mirando un momento.
-¿Se
refiere también a lo de su trabajo?
Kyle
se encoge de hombros y se deja resbalar un poco en la silla en la que está
sentado. La zona lumbar le queda
arqueada y tensa, sin llegar a apoyarse lo suficiente en el asiento, pero al
desdichado no le importa.
-Ha
pasado usted… Sí, lo tengo: doce años como
empleado en la Central de la Biblioteca Pública de la Ciudad, aquí en Fairsay…
-Mi
primer empleo. Bam: un puesto ideal, a
la primera. Lástima –dice Kyle, cediendo
un poco más a lo poco que tiene de resbaladizo el tejido sintético del asiento.
-¿A
qué se refiere?
-¿A
qué? Bueno… Lo dicho, un trabajo perfecto. Al menos, al principio.
A
Mirskin se le escapa un leve gruñido inconsciente, un mero asentir. Y Kyle sigue hablando…
-Un
trabajo tranquilo. Gente que habla poco
y en voz baja… ¿Sabe? Eso no se paga con nada.
Y además, rutinas claras y simples.
Comprar unos cuantos volúmenes nuevos de vez en cuando, a veces aceptar
alguna donación de libros por parte de particulares… Darles de alta en el libro de registro (y en
la base de datos informatizada, por supuesto).
Revisarlos, hacer pequeños arreglos con papel, cinta adhesiva, tijeras o
pegamento. ¿Qué más…? Dar de alta a los socios, hacerles la
tarjeta, contarles las cuatro normas del lugar…
Renovarles la tarjeta cuando se les caduca. Esas cosas.
Prestar libros y apuntarlo; recogerlos de vuelta, tomar nota otra vez y
dejarlos en su estante. Sencillo. Sin prisa.
Cómodo. Muy agradable. Las horas solían pasarse sin sentir…
-Pero
dejó de ser así en algún momento...
Kyle
resopla, se incorpora lo suficiente para sentarse correctamente en la silla,
apoya las manos en las rodillas y deja caer la cabeza, mirando al suelo.
-Todo
se acaba. Es lo que le decía antes.
Se
queda en silencio unos momentos, rumiando sus oscuros pensamientos.
-¿Qué
ocurrió? –insiste Mirskin.
-El
progreso –dice Kyle. –“Seamos modernos”. Y hagámoslo algo más complicado, claro. Y luego un poco más… Se inauguró el Museo de la Vieja Fábrica de
Cometas. Es lo que era antes nuestra
sede de la biblioteca, ¿lo sabía?
-Sí.
Kyle,
que se estaba frotando la nuca con la mano derecha, alza la cabeza.
-Pues
no todo el mundo lo sabe.
-Debí
de leerlo en algún sitio.
-Ya. –Se yergue y apoya la espalda otra vez mal en
el respaldo de su silla. -¿Por dónde
iba…? Turnos para hacer visitas
guiadas. Y, algún tiempo después, en las
salas adjuntas, en los huecos donde el horario lo permitía… Exposiciones.
Charlas. Y más… Talleres.
Sesiones de animación a la lectura: Club del Libro para los adultos,
títeres para los críos. Esas cosas.
-¿Se
encargan ustedes de todo?
-No
de todo, pero casi. El personal de la
biblioteca debe coordinar todas las actividades y tener presente a alguien en
cada una de ellas. A veces, sí, impartimos
algún curso o moderamos alguna charla. No,
yo… -se hace un silencio incómodo. -Lo harán mis compañeros, el resto de la
gente. Las personas que sigan allí.
-Ajá.
“Las
que todavía conservan su trabajo”, entiende Mirskin.
Kyle
hace un esfuerzo y sigue hablando:
-Todo
se hizo más complicado, pero lo fuimos asumiendo. La concejal de Cultura, la señora Hurlinson,
parece obsesionada por las iniciativas.
Por poner en marcha tantas como pueda, por llenar el calendario de la
Biblioteca. Muescas en la culata de su
currículum…
-Hurlinson. No parece que le caiga a usted demasiado
bien.
A
Kyle le brota un golpe de risa seco, repentino.
-Bueno,
detective, es que me acaba de despedir.
Y se ha quedado mi entrada sin usar…
Mirskin
apoya los dos brazos cruzados sobre el escritorio y mira algo más de cerca a Kyle.
-Explíqueme
todo eso otra vez.
El
bibliotecario suspira.
-Ya
sabe usted que, todos los años, la Stain Harbor Orchestra organiza su concierto
anual para la primera noche de verano…
Una noche como la de hoy –dice Kyle, con cierto toque de amargura en su
voz. –Siempre en el New City
Theatre. Cuando la señora Hurlinson
consiguió la Concejalía de Cultura, decidió poner en marcha una “Noche en Blanco”
en la sede de Fairsay de la Biblioteca Pública justo, justo, justo para la
misma fecha. “La gente saldrá del
concierto”, decía, “y luego se pasará por la biblioteca. Total, está a una manzana del teatro… Podemos hacer algo especial a
medianoche.” Eso decía.
-Y
a usted le tocaba trabajar en ese turno de la Noche en Blanco –dice Mirskin.
-A
todos los veteranos. Hurlinson no quería
jugársela si ocurría algo inesperado… Lo
que, me dará usted la razón, tiene su gracia en estos momentos.
Mirskin
tarda unos segundos en contestar.
-Es
irónico, sí. Dadas las circunstancias.
-Hum. Desde luego.
Claro, las cosas se nos han ido de las manos…
-¿Qué
ha pasado esta noche?
-No estoy seguro.
-¿Hurlinson
lo vigilaba a usted?
-Eso… Supongo que sí. Verá, la cosa viene de hace un par de
semanas. Cuando el autobús de la
orquesta se cayó por aquel terraplén y la mayoría de los músicos acabó en el
hospital… Torceduras, golpes por
doquier, unos cuantos brazos y piernas rotos.
-Por
suerte, no murió nadie –dice el detective.
–O eso creo…
-No,
no murió nadie. Me… sentí mal cuando
supe que el concierto se cancelaba.
Porque me alegré. Lo siento,
entiéndame, no tengo nada contra los músicos.
Pero, de repente, la idea llegó y no podía dejarla estar. Si el concierto se suspendía, la Noche en
Blanco quizá también…
-Ya
–dice Mirskin.
-Quizá
sólo fuese un aplazamiento –dice Kyle.
–Pero resultaba un alivio, créame.
El horario de apertura de la biblioteca ya es lo bastante amplio y desde
abril, me toca encargarme de la visita guiada todos los días, siempre que haya
al menos una persona dispuesta a hacer el recorrido…
-Y
entonces se supo lo del mago –dice el policía.
-Sí,
entonces se supo lo del mago –asiente Kyle.
-El
señor… Kano Hiromi –dice Mirskin tras echar un vistazo rápido a sus notas.
-Uno
de los más grandes –remata Kyle. –Y,
quien diga otra cosa, se equivoca.
-Kano
Hiromi –repite el detective. –Usted es
un admirador, está claro…
-Lo
vi hace siete años en Bangor. Me… atrapó.
Tiene algo, no sé explicarlo. A
ver, es encantador con el público, desde luego, y técnicamente impecable. Pero… Sacó
a mi esposa para un número… Ahora mi ex,
ya sabe. Voluntaria. Le pidió que recogiera un falso picnic que
tenía dispuesto sobre el escenario y cuando ella levantó el mantel y se dispuso
a sacudirlo… Miles, ¿me oye?, miles de
mariposas salieron volando a su alrededor.
La gente lanzó una voz de admiración, una de esas cosas ruidosas y sin
articular, y se puso de pie a aplaudir, y yo con ellos… El señor Hiromi tomó de la mano a Gwen y la
acompañó de vuelta hasta su butaca, le besó la mano y a mí me la estrechó
mientras todo el mundo seguía aplaudiendo.
“El apretón de un hombre con suerte”, me dijo, la mar de sonriente.
Y
al mismo Kyle se le dibuja una sonrisa cansada ahora.
-No
sé, era un tipo estupendo. Y un gran
artista…
Mirskin
pasa un par de páginas de su cuaderno de notas.
-Al
que ha seguido usted desde entonces.
-¿Mmm? Ah…
No crea. Sólo desde lejos. Me caía muy, muy bien… En realidad, no he vuelto a verle trabajar en
directo. Hay foros en red de aficionados
a la magia. La gente cuenta dónde ha ido
y qué ha visto y si ha tenido la suerte de hacerse una foto con quien sea a la
salida de tal o cual actuación… De
cuando en cuando hacía una búsqueda y sí, solía haber algo. Se tomó un año y pico de descanso empezando
en febrero de 2017; confesó en una entrevista que lo necesitaba…
-¿Realmente
fue a mejor?
-Oh,
sí. Volvió con números increíbles. Para ésta, su gira de despedida…
-Espere. Eso no me lo ha contado antes. ¿Gira de despedida? ¿Iba a dejarlo?
-El
Número del Martillo, la ha llamado…
Sí, parece que sí, que iba a dejarlo.
Una larga lista de ciudades de América, mínimo una semana de separación
entre actuaciones.
-¿Había
preparado algo especial?
-Números
clásicos que recuperaba para sus fans de siempre alternados con otros
nuevos. Y, para cerrar cada show en las
últimas siete ciudades, un número especial en cada una. Uno que no se repite. Algo completamente nuevo que tiene que ver,
de alguna forma, con martillos… De ahí
el nombre. Algo que deja a todos con la
boca abierta, rendidos al asombro.
-Algo
increíble… -murmura Mirskin.
-Usted
lo ha dicho.
El
detective mira cuatro mesas más allá, donde su compañera la teniente Prissie
Prim sigue sonsacando con delicadeza a una mujer vestida de neopreno naranja,
una que lleva en sus manos una taza de café y que se ve agotada. La larga melena oscura desmarañada no ayuda.
-Algo
genial… ¿Y se trajo eso aquí, a Stain
Harbor?
Kyle
vuelve a sonreír, cansado, y se encoge de hombros.
-La
vida tiene esos giros. Había contratado un
local inmenso en Nueva York. Pero hubo
un fuego en el local… Suspendieron
aquella actuación y se le ocurrió buscar un sitio nuevo. Y el hueco dejado por la orquesta aquí, en
Stain Harbor…
-Una
de esas cosas de última hora.
-Usted
lo ha dicho. Y era una oportunidad
excelente. Parecía que las cosas se le
arreglaban…
-¿A
qué se refiere?
-Cuando
se supo lo de aquel local que había ardido, la ayudante del mago decidió
dejarlo. Dicen que se marchó a casarse a
Hawaii…
Mirskin
levanta los ojos y su mirada se cruza con la de la mujer vestida de
neopreno. Pero ella desvía la suya y
deja la taza vacía sobre el escritorio de la teniente Prim.
-Y
usted se compró la entrada para ver al mago.
-Me
faltó tiempo –dice Kyle, con un toque de dulzura en la voz.
-Pero
la señora Hurlinson…
-Claro. Qué iluso, ¿verdad? En cuanto supo de la actuación de Nick Hiromi,
la Noche en Blanco volvió a ponerse en marcha…
Kyle
para un poco. Ha sido un día muy largo y
aún no ha acabado.
-Le
pedí una entrevista en su despacho del Ayuntamiento. Le expliqué que había comprado la entrada ya
y que sólo faltaría durante el rato que durase la actuación de Hiromi en el
teatro. Que volvería después a la
biblioteca y hasta haría unos trucos con cartas que conozco, si le parecía
bien.
-Pero
se negó…
-Sí,
se negó. Argumentaba que era una cita
muy importante y prefería que el personal estuviese disponible todo el
tiempo. Propuse que me sustituyera
alguno de los nuevos ese par de horas, mientras yo estuviese fuera. Nada, que no.
Inamovible.
-Pero
uno de esos miembros más nuevos del personal de la biblioteca…
-Sí,
ya.
-Una
tal Sarah…
-…Se
ofreció a hacer esas dos horas por cincuenta pavos, sí. Pero le dije que mejor no tentar a la
suerte.
-Estaba
en la biblioteca esta noche…
-Por
si yo cambiaba de opinión. Le he dicho
que no.
-Así
que Hiromi ha empezado la actuación y usted…
-Estaba
en la biblioteca, al pie del cañón.
Mire, qué quiere que le diga.
Tenía la entrada y la ilusión y sabía que iba a perdérmelo todo. Pero…
Podía arreglarme un poco, fingir que iba de camino. Y luego, tener la entrada en el bolsillo
mientras hacía mis horas en la biblioteca.
-Hurlinson
ha ido a asegurarse de que usted seguía allí…
-Y
allí me ha encontrado. No era
problema. No iba a irme a ninguna parte.
Mirskin
le echa una mirada, intentando decidir si eso es del todo cierto.
-Entonces… ¿Qué ha pasado con ese libro?
-¿El
Folsom?
-Sí,
el Folsom.
El
detective pone su dedo índice bajo una palabra subrayada en sus notas y
masculla un sonido de asentimiento.
Kyle
resopla y vuelve a pasarse la mano por el cuello. Aún le duele por el golpe de antes…
-Una
rareza. El diario de un tipo de aquí, de
Stain Harbor, que infirió las leyes del campo magnético por sí mismo… Sin saber que Faraday estaba a punto de
publicarlas.
Mirskin
calla. Kyle se encoge de hombros.
-Llegó
tarde, así de simple. La gloria no
espera a nadie… Pero se guarda el
cuaderno en que fue apuntando sus descubrimientos: sus reflexiones y su
formulación, escritas a plumín, todo de su puño y letra. Una curiosidad. Y, si se solicita, se puede consultar en una
salita de la sede de Fairsay de la Biblioteca Pública de la ciudad. Hay que ponerse guantes, claro está.
-Y
mientras usted rabiaba por salir de allí a ver al mago…
-…Sí,
ha venido un tipo que quería ver el Folsom.
Dichosa Noche en Blanco. La
señora Hurlinson en persona me acompañaba mientras se lo ponía delante y le
ofrecía guantes para pasar las páginas.
Luego, le hemos dejado a solas para que leyera…
-Y
entonces ha ocurrido lo de aquella otra persona. La que ha vomitado en la sala principal…
-Una
usuaria habitual. Había sacado un par de
libros la tarde anterior; pero era la Noche en Blanco, hacía buen tiempo y se ha
acercado igualmente.
-Marian
Smith… -dice Mirskin, una vez más tirando de sus propias notas.
-Marian,
sí. Le ha debido de sentar mal la cena,
es así de simple. La señora Hurlinson
nos ha conminado a que limpiásemos aquello con urgencia y dejáramos todo
abierto a ver si pasaba un poco de aire y se ventilaba el mal olor. Mis compañeros y yo lo hemos echado a suertes
y adivine a quién le ha tocado…
-Está
claro que no era la noche de usted.
-Muy
amable, gracias. El resto… Lo que le hemos contado. Cuando ese tipo ha salido de la salita
corriendo con el Folsom bajo el brazo ha sonado la alarma antirrobo y al verlo,
yo detrás suyo. La señora Hurlinson
gritaba no sé qué… No entiendo por qué
ese tipo ha tirado por la salida de emergencia.
Si no la usa nadie nunca…
-Y
usted lo ha seguido.
-No
me llevaba mucha ventaja, sabe. Unos
cuantos metros, ocho o diez. Y, de
repente…
Kyle
se gira un poco y señala con la cabeza hacia la mujer vestida de neopreno.
-…Ella
ha salido de ninguna parte, nos hemos chocado y hemos acabado los dos doloridos
en el suelo del callejón de atrás.
-Y
el ladrón ha volado.
-Como
por arte de magia –dice Kyle, lleno de amargura.
Mirskin
señala hacia la mujer vestida de neopreno naranja.
-Y
la señorita Goodwill…
Kyle
traga saliva.
-Nos
hemos hecho un lío en el suelo. Yo
intentaba quitármela de encima y levantarme.
Pero ella me ha agarrado desde el momento del tozolón y no me soltaba. Y chillaba.
Chillaba aterrorizada. Yo…
Kyle
mira para otro lado.
-Lo
siento, la verdad. Pero aquel tipo se me
escapaba y… He ido a por él, se lo
aseguro. Trastabillando, claro, y luego
he querido correr un poco. Pero ella…
Kyle
señala a la ayudante del mago.
-Ella
ha quedado detrás de mí y decía una y otra vez: “¡Algo ha salido mal…!”
Mirskin
lo mira callado, sus ojos en sombras.
-No
sé por qué, pero eso me ha… Quitado las
fuerzas. Como si ya no tuviera sentido
seguir intentándolo…
Kyle
calla casi durante un minuto. Mirskin no
dice una palabra.
-Para
cuando he llegado a la esquina del callejón, ni rastro del ladrón –dice Kyle.
-Se
había esfumado con el libro – remata Mirskin.
Kyle
asiente, mirando al suelo.
-Menudo
truco para cerrar una noche de magia, ¿eh?
EL ESBOZO ORIGINAL QUE ME IMPIDIÓ PONERME A ESCRIBIR A CONTINUACIÓN.
Pues ya está.
Por último, decir que sí, que escribí ese final, ese epílogo que lo explica todo en un instante... De dónde procede la magia, su trágico origen. Y, desde luego, la esperanza que la sostenía...
No habría historia ni interés sin ella.






