1114

 


El truco está en contarlo sin parecer un completo idiota…

…Y, bueno, no estaría mal.  Porque no se trata más que de compartir algo peculiar.  Bastante interesante, para qué andarnos con medias tintas.  O eso creo.

La cosa empezó el viernes de la semana pasada.  Era 30 de enero.  Poca luz, abrigo para el frío, el cielo irregular.  Había salido a dar una vuelta y me acerqué a echar una bonoloto por aquello de si a la suerte le había cambiado el humor y le daba por sonreírme, que falta nos anda haciendo.  Como diría aquel personaje de Arturo Fernández: “Canino, chatín, ¡ando canino…!”

Total, que mientras la máquina imprime la combinación aleatoria de rigor me fijo en un décimo de lotería nacional expuesto ahí, colgado de su línea de alambre; uno para el sorteo del día siguiente, sábado 31 (la parte de arriba de la cuesta del mes de marras). 

“11104”. 

Que me digo a mí mismo: “…Mira qué número tan majo”. 

Y pico.

Y me lo llevo.

A ver, era un sorteo ordinario de sábado. Un “tira que te va”, sin más. 

Al igual que el resto de la humanidad, mi menda tampoco es demasiado listo.  Y ve un número bonito*, uno que le parece especial y fíjate, hasta se ilusiona.  “Igual resulta que éste toca y…”

Ya.

En fin. 

(Por eso existe la lotería.  Y, qué queréis, al menos Hacienda recauda un pastón y ayuda a sacar el país adelante.  Algo práctico.  No es un gran consuelo, pero…)

A lo que iba.

Estuve por echarle una foto al décimo de turno.  Estuve por inventarme algún tipo de ritual tontorrón y decir tres veces con los ojos cerrados: “Ahora sí, 11104 premiado” o alguna sandez similar. 

Pero no.  Que ya tenemos una edad.

El sábado lo pasé en cuarentena, tratando de no pensar en aquel papelín que llevaba en la cartera.  Tratando de no ir a comprobar el resultado del sorteo.  “Ni se te ocurra, chaval.  Frío e impasible.  No lo gafes”. 

Seguro que os hacéis idea.

Llega el domingo.  Yo, como Don Tancredo.  Me pongo la tele cuando me levanto de la escasísima siesta (y de su previa hora de lectura).  Mira, están dando una peli en la 1.  Una comedia.  Algo llevadero.  “Morning Glory”, pero no la de Katherine Hepburn; Dios nos libre del blanco y negro en la era de las redes sociales.

No, dan la peli del 2010 (poco o nada que ver argumentalmente con la que te acabo de mentar).  Con Rachel McAdams, Diane Keaton, Harrison Ford, Patrick Wilson y Jeff Goldblum.  Como la pillo a medias, no llego a ver a Ty Burrell, uno de los fabulosos bufones que hacen de “Modern Family”** la estupenda caja de risas que es.  ¡En pie, quitaos el sombrero!  Un respeto a quien -y a lo que- lo merece.

Al que sí veo es a John Pankow, que hace un papel secundario (el coproductor de la protagonista).  Y tiene su gracia, pues la noche anterior me había puesto en el reproductor de bluray “El secreto de mi éxito” (1987) y ¿a que no sabéis quién rondaba por ahí, aunque mucho más joven…?  Exacto.

Pues eso: yo, echando raíces por la espalda baja en el silloncito mientras dejo que aquella peli se desarrolle hacia donde debe.  Y, de repente, me fijo en algo. 

(Minuto 88, me parece; por si alguien quiere comprobarlo).

Dos de los personajes principales salen del edificio en el que trabajan…  Y ¿cuál es la dirección, escrita con letras doradas grandes y claras sobre el oscuro frontis del dintel de entrada?

1114 Avenida de las Américas. 

(En inglés, por supuesto). 




Y me suenan las alarmas (las buenas, si es que hay de eso) y casi doy un salto.

Porque, vale…  Me hace pensar en el décimo de lotería.  Y no es que sean el mismo número, ni de lejos.  El 11104 es casi diez veces mayor que el 1114.  Y se llevan nueve mil novecientas noventa de diferencia, que no es moco de pavo.  Si estás en la fila de la taquilla, igual para cuando te toque el turno no quedan entradas para ver el partido.  Si es la prioridad para que la persona de tus sueños decida darte un toque de teléfono y quedar contigo en San Valentín, ya puedes hacer otros planes o comprarte una caja de Kleenex, hacerte una bebida caliente y esperar que haya algo bueno en la tele esa noche.

No, el 11104 no es el 1114.

Pero tiene un montón de las mismas cifras en el mismo orden, una detrás de otra.  Estoy seguro de que lo veis, que comprendéis a qué voy.  Es llamativo, ¿verdad?  ¡Si sólo le sobra ese “cero” en las decenas…!  Difícil no hacer la conexión.  Y…

¡Qué entereza la mía! 

Ni en ese momento me dio por mirarlo.  “Ya saldré mañana lunes y me acercaré a la administración de la plaza, a ver si me ha tocado algo…”

Os lo voy a dejar claro.  NI UN CÉNTIMO.  Ni el reintegro, eso que la gente llama “la postura” porque es la pasta que has puesto.  Puestos a reírnos un poco, mi postura era la de alguien que se saca el forro de los bolsillos hacia fuera y nada de nada (“niente di niente, caro mío…”).  Ni las casi proverbiales telarañas de los personajes de tebeo de antes.

Ay.  Pues nada.

Tengo otras cosas en qué pensar.  Pasa el resto del lunes.  El martes, casi entero, lo mismo.

Estoy tumbado anoche leyendo, tratando de dejar que la cápsula de melatonina haga su trabajo y me traiga algo de sueño.  Últimamente he requeterepasado mis libros de mesilla (de cabecera) de siempre y en lugar de darle tiempo a alguno de los que tengo en espera (los nuevos, los inciertos) he sacado un puñado de cómics de la estantería… 

Tengo en las manos, recién abierto, una rareza: una curiosidad.  Un número de The Spirit publicado por DC Comics hace casi quince años (“October, 2011” pone en los créditos): está en condiciones excelentes, parece recién salido de la tienda.   Y los dibujantes que lo crearon son una lista de favoritos, de “artistas de los artistas”: la portada es del mejicano Ladrönn (ya algo lejos de Kirby y Möebius) y las tres historias cortas del interior son cosa de Brian Bolland, José Luis García López y Craig Russell.  Además, la primera historia está escrita por Howard Chaykin (otro figura: entre otras cosas, puso lápices en su día a la adaptación de la peli original de “La guerra de las Galaxias” y dio la campanada en la segunda mitad de los ochenta con su versión de “La Sombra”). 

Y ahí advierto algo que no me esperaba.  Algo que…  Bueno, estoy tumbado en la cama.  No voy a caerme de la impresión porque no puedo. 

El apartamento que Spirit y Dolan y los polis de la Central City de Will Eisner van a asaltar en busca del supuesto malo de la historia es el 1114.



Zas.  Toma ya.

En poco más de dos días (en unas cincuenta y cuatro horas, puestos a ir precisando) paso del portal 1114 al apartamento 1114 en dos obras de ficción distintas.

Sí, sí, lo entiendo.  A lo largo del día, vemos otros números. 

Pero, por lo general, no van seguidos de un disparador previo (el número del décimo en este caso).  Y no nos fijamos en ellos.

Para que coincida dos veces el mismo número de cuatro cifras la posibilidad es de una entre diez mil.

Lo repito para quienes se hayan perdido con tanta divagación: 

“UNA POSIBILIDAD ENTRE DIEZ MIL”.

Que vuesas mercedes dirán…  “Bah.  Una simple coincidencia”.  Bueno, pues sí.  Aunque a mí me dé la impresión de que esos tres unos y el cuatro que les sigue me hayan estado rondando durante unos días…  “Hum.  Sospechoso”.  “Escamante”.  “Qué raro”.  

La impresión es lo que tiene: poco, mucho o algo (va a ser esto), impresiona.  Una pizca, siquiera.

Yo me fijo en esas pequeñas cosas. Si te fijas, te darás cuenta de que ocurren con cierta frecuencia.  Puedes querer darle significado: yo, en ese caso que os he contado, no.  No pienso hacerlo.  No sabría ni por dónde empezar.  Aunque***…

Te dices: “Igual lo cuento en el blog, una entrada de pasar el rato”.

A mí se me pasó por la cabeza; pero al instante, lo había desechado.

Y, sin embargo…

Esta mañana estaba cotilleando en Facebook, postergando siquiera unos minutos el momento de ponerme a hacer algo más útil con mi vida.  Y para cuando decido que ya vale y toca ponerse en marcha, me vuelvo a mirar el reloj y…  Las once y once.  Esperad, que os lo dibujo: “11:11”.

Y se me enciende la idea, imposible evitarlo: “Entre que saco el portátil y lo enciendo…”

Justo, sí.  He acabado por hacerle una foto al reloj.  “11:14”.

Y acto seguido me he puesto a escribir esta entrada.



 Ah, sí: puntilloso que es uno.

El copyright de los - muy deliberadamente mermados y recortados - contenidos de las fotos corresponde (pertenece) a sus respectivos propietarios legales, que (salvo en el caso de la del reloj digital) no soy yo.

Me gusta dejar esas cosas claras.

 

NOTAS APARTE:

* Subjetivos somos, oiga.

**  Vaya: “Morning Glory” y “Modern Family” son dos títulos de historias filmadas, los dos están compuestos por dos palabras (y doce letras) cada uno y ambos empiezan por “M” y terminan por “y”.  Sic transit vita mia.

*** Sólo un detalle más, por si vosotros también lo encontráis levemente inquietante: sin contar el título, la palabra 1114 de esta entrada es “advierto”.  Si cuento el título, la palabra 1114 es “ahí”.  Os juro que no lo he hecho a propósito.  ¿No os mosquea un pelín?  A mí, sí.  Pero ya está, eso es todo.

Y, como siempre, lo dejaré correr.  Hale, a otra cosa.


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