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Memoria de hormigas.

  Conque ahí estaba yo, sentado en el sillón delante de la tele supuestamente viendo “El Tiempo” pero prestándole más atención a Facebook en el móvil.   Dándome unos minutos más antes de ir a fregar porque estaba recién comido y maldita la gana que tenía de ponerme ya manos a la obra… …Y para cuando han terminado de hablar de temperaturas que suben hoy y bajan mañana o de las lluvias que pasan y las que llegan, he pillado el mando más sin pensar que pensando y me he puesto a hacer “zapping”.   No he tardado mucho en llegar donde debía, la verdad.   Un canal en el que ponían una peli.   Una clásica, y lo digo tanto para los estándares de estos días de ignorancia como para los míos propios*. Nada más y nada menos que “Cuando ruge la marabunta”. Me he quedado ahí, claro. Y seguía tirando de Facebook, entendedme.   Mirando los muchos "posts" de portadas de cómics viejos que leí en su día y que la gente no siempre tiene muy claro qué son ni de cuándo a l...

Hallado.

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No sé cómo ha ocurrido, pero al parecer alguien me ha encontrado hoy...  Y a lo grande.  Por lo visto, hoy la gente ha entrado 552 veces en mi blog.   Y ninguna de esas visitas era mía.  No, porque el blog no las cuenta (elegir tal opción era la única forma de saber si alguien más me leía o no). Lo primero que he pensado es que se tratase de alguien que me conociese de antes y me hubiese perdido la pista durante unos años...  Porque la otra alternativa a eso es que se tratase de una persona nueva y totalmente desconocida para mí a quien hubiese dejado flipando.  Y eso me cuesta mucho, mucho creerlo, dadas las circunstancias.  Mi vida es humilde y tengo bastante claro que al mundo no le importo (dicho así, en general). Y me he imaginado la impresión que quien sea se habrá llevado de este cajón de sastre mío al darse de narices con nueve o diez canciones torpes de aficionado, un montón de artículos con temas de lo más dispar y variopinto (entre ello...

Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Epílogo: una constelación de voces ajenas.

-Rebecca-   ¿Mi mejor recuerdo de Pam? Fue hace unos cuantos años, en el consultorio.  Había reemplazado la sonaja de la puerta con unos cascabeles que me regaló la madre de un niño perdido y encontrado la navidad anterior.   El sonido de los cascabeles tenía lo bastante de tintineante como para distinguirlo de, no sé, una tuba o un reclamo para cazar patos; pero era lento y espeso, como escuchar el sonido de una campanita desde el interior de un tarro de cristal lleno de miel vieja.  (Es  vox populi  que los restaurantes de comida rápida, e incluso según qué peluquerías, tienen de fondo música machacona: un pumbapumba rápido y simple que estimula a tragar tu bazofia a toda pastilla o a darle tu aprobación al espejo pasando por alto esos escalerones que luego nos llevan por la calle de la amargura hasta que -Oh Dios, demasiado tarde- el pelo vuelve a crecer). Conque yo tenía mis cascabeles caracoleros para forzar al cliente a entrar despaci...