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¡Sí, es el Día del Libro!

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  Les dio por morirse el mismo día...  O eso tengo entendido.  Morirse, sí.  En un día de abril de 1616.  A Cervantes y a Shakespeare, dos de las luminarias oficiales (y, siquiera por una vez, con motivo) de la cultura occidental. La excusa perfecta para montar el Día del Libro…  No, montar no: “celebrar”, se pondrá a la defensiva más de uno.  Vale, vale.  Paciencia.  Estoy, casi seguro, de vuestra parte.  Seguid un poco más conmigo. La excusa, iba diciendo.  Para nombrarlo en las noticias de la tele, las que sacan a las tres de la tarde (o parecido) y se repiten a las nueve (o similar).  Como si hiciese falta justificarlo con efemérides, ¿verdad? Siempre me ha gustado el Día del Libro.  Bueno; desde que era un crío, puestos a hilar más fino. (Con los años me voy haciendo consciente de la trampa de los términos absolutos como “siempre” o “nunca”, tan resbaladizos y maniqueos ellos.  Procuro evitarlos, pero nanay: me s...

Lluvia.

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Me gustan los días de lluvia.  Bueno, lo que me gusta es que el tiempo cambie.  Nada de pegarse cuarenta días seguidos de sol o dieciocho de niebla: en cuanto a las travesuras de la atmósfera baja, soy de los que opinan que en la variedad está el gusto. Hoy, no tanto.  La lluvia, quiero decir.  Me moría de ganas de salir a andar, un paseo largo de esos que cruzan el callejero viejo y roto que guardo doblado en la balda del taquillón que antes servía de base al teléfono de casa (lo que la caprichosa modernidad ha acabado por etiquetar como "un fijo".  Me temo que, a la larga -quien más, quien menos- todos seremos eso: "fijos".  Escasos y repetitivos en el poco fiable registro de la memoria, ay). Pero últimamente la lluvia manda.   Hay que resignarse, quizá incluso saludarla con una sonrisa.  Pese a los inconvenientes que suponga para el día de cada cual. Lluvia, bendita agua.  Fría en el rostro, los hombros y la ropa mojada.  ¿Os hab...