ABOCETA.
Era un sábado por la tarde de finales de marzo. La charla con el guionista que iba (ja, qué risa) de progre y peligroso y el dibujante de su serie estrella –un tipo amable con la diversión brillándole en la mirada- había terminado. En aquel salón de actos, apenas cinco minutos antes con la gente aún sentada pero ya aplaudiendo a rabiar al oír que se iba a dar paso a la (casi obligatoria) sesión de firmas, una alegre algarabía festiva llenaba ahora el aire. Ya sabéis, no tanto como para no poder entenderse, pero… Y un aluvión de fans del cómic llenábamos el pasillo central haciendo cola para que sí, nos firmaran la portada de tal o cual tebeo. A mí me tocó de los primeros. Me echaron un par de garabatos bastante airosos con rotuladores de tinta de color metalizado (dorado, si recuerdo bien), les di las gracias y una sonrisa radiante y me quité de en medio para dar paso a quien sea que tuviese detrás en la fila. Y alguien vino a tirarme de ...