Mi amor me espera en Plaza España.

 

Escribí "Mi amor me espera en Plaza España" hace...  Más de quince años, menos de veinte.  Para un concurso de relatos de mi ciudad, Zaragoza.  Y no, no ganó.  Pero todavía le encuentro que tiene algo...  No sé, ¿el drama de a pie, tan creíble?  ¿La comedia desatada?   ¿El ingenio chiflado y sin complejos...?

Lo he reescrito, retocado, corregido, cortado y pulido para dejarlo presentable (o algo parecido).  Y aquí lo tenéis.  

Disfrutadlo.

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MI AMOR ME ESPERA EN PLAZA ESPAÑA.

  

01.

 

Las puertas del café batieron pesadas detrás mío.  Allá, al final de la barra, Misino puso ojos más duros.  Suspiré. 

-Eh.

-Qué hay...

-Tengo tu encargo.

Rebusqué en el McUtillo y saqué una cajita de cartón malenvuelta en papel de seda.

-El modelo que elegiste.  Mira a ver qué te parece la inscripción...

Misino abrió la cajita y sonrió al ver el anillo.  Lo cogió con sus dedos toscos y lo contempló, satisfecho.  El canto curvo de plata destelló dejándome una mancha en la vista, una molestia...

-Otro trabajo fino del Señor Artista.

-Me alegra que te guste- dije, cerrando la cremallera del McU y listo para largarme en un plis plas.  Misino caló la intención de fuga. 

-¡Tómate algo...!

-Nah.  Mira, tengo cosas que hacer.

-¿Cosas que…? -y dejó caer esa mirada de sorna suya, un “¿En serio?”

-Tienes el recibo ahí doblado en la caja.  Ya me dirás  -y encaré hacia la puerta.   Pero los hay que no se rinden nunca...

-Tú lo que tienes es que echarte novia...-me espetó tan alto como pudo.

Sorprendente. 

Ya en la calle, unas manzanas más allá, aún sentía el sofoco.  El calor de la vergüenza y la indignación, el morrico prieto de enojo...

Y la ansiedad del “Ojalá”.

Inesperado a esas alturas. 

Del todo. 

Y la añoranza de Paulina...

Gruñí.  Torcí una esquina.  Se me ocurrió de repente...

Este Misino cada vez tiene menos tratos con la sintaxis.

 

 

02.

 

 

-...Nada especial.  Un rato para nosotros solos...  Hace tanto...

-Cascarita, que no puedo.  Pasado mañana es Jornada de Reflexión y nosotros aún estamos dándole vueltas al cierre de la campaña.

-Paulina...

-¡Chist!  -Arrancó a susurrar.- Tengo al tirano detrás de la puerta poniendo como el perejil al personal de Fotos con Niño.  Y no te voy a contar lo de antes en Pancartas...  Ahí no se ha podido sujetar y ha dejado caer que sobraban sillas.  Con esa sonrisa sosainas que gasta, brrrr...

-Pero ¿a cenar sí...?

Ella resopló al otro lado de la línea.

-La cosa va para largo, no sé cuándo acabaremos...  Globos con Anagrama ha dimitido esta misma mañana.  Acuérdate, Globos, que era su ojito derecho y estaban medio enrollados.  Pero, últimamente, la tensión... En fin: una castaña.  El ogro está de ni me mires ni me toques... 

-Pero tú...

-...Y lo de ayer; ¡ya viste lo de ayer en las noticias!  ¡”Mano temblona”, qué bueno! ¿Cómo se les habrá ocurrido a los de Marruller Creativos...?

Siempre el juego de ajedrez entre agencias, la guerra secreta y el miedo.  Y me la imaginé entrecerrando los ojos y mordiéndose el labio, envidiosa...

-Paulina...

-Un golpe maestro-  y se calló un par de segundos.  -No puedo irme. 

-Vale -repliqué manso mientras miraba la mesa puesta, las velas, el guiso esforzado.

-Hey, guapo.

-¿Mmmm...?   

-No hablábamos tanto desde hace mucho...

Colgamos. 

Fuera, la luna a medias era un adorno discreto en el cielo de primera hora de la tarde.

 

 

03.

 

 

Me habían oído hablar de Paulina...

-Hacia atrás -advirtió Julio el Plasta.

-Eso parece -convino grave Misino.

Piluco asintió, silencioso.  Yo los miraba a todos, muerto de inquietud.

El bar hervía de bulla.  Hora del Café: partidas de cartas, copas, gente a paladas.  Todos ajenos a mi drama...  “Veinte en bastos; de mis veinte...”, “Chaval: otro sol y sombra...”

-Cuando una historia de amor va mal, se mira siempre hacia atrás - machacó el Plasta, bajito y concienzudo. -Y cuando va bien, hacia adelante.  Todo flores y mariposas. 

-Y ahí viene el problema -nos dejó temblando Misino. 

La voz me salió ahogada.

-¿Problema...?

Piluco nos pasó las bebidas.

-Ese momento en que aquello tan bueno, de repente, falta... Y empiezas a ver lo que hubo...

A Piluco le dio un escalofrío y se le cayeron unos goterones de cerveza al suelo.

Julio el Plasta me miró con ojos de Bassett griposo.

-Lo siento, chico. 

 

 

04.

 

 

Salimos del cine.  Fuera, entre la hora y la amenaza de tormenta, apenas quedaba luz.  Nos arrebujamos en las chaquetas, amilanados por la negrura de las nubes y el aire fuerte que olía a tierra mojada.

Una gota.  Dos, cinco, cientos, miles. 

La gente huyó entre grititos cobardicas, estorbándose y quedando en ridículo.  Como siempre.

Paulina tembló. Y movido por ese algo que llevaba un rato reconcomiéndome y deseando aullar al mundo “¡Estoy aquí, ya no puedo más!”, la rodeé con un brazo.  Se volvió hacia mí y en su mirada había algo como lo mío, lo mismo...

Entonces, un trueno estalló sobre nosotros como si tuviese derecho a llenar el Universo entero; y de repente estábamos abrazados bien fuerte, tensos y ávidos como nunca antes.

Creo que dijo mi nombre... 

Y apretándola contra mí, le solté al oído:

-Lo siento.  Sé que querrías alguien mejor, alguien con ambiciones.  Yo sólo te quiero a ti, desde hace...  Buf.  A ti.  No quiero nada más.  Sé que te pareceré poco...

Ella rompió a reír. 

Reía, y me cubría de besos que no llegaba a devolverle, no del todo, y seguía riéndose...

Principios de mayo.  La peli era una comedia romántica.

Pero esto, ah.  Esto era la vida.

 

       

05.

 

 

Éramos más jóvenes. 

Piluco gastaba patillas de moderno.  Julio el Plasta aún creía en las Oposiciones.  Quizá el bar tenía menos mugre. 

-¡¿Novia?!  ¡Tíííío....!

Sacudidas, empujones, revoltijos de pelo.

-¡Campeón!

-¡Figura!

-¡Tío bueno!

Y se morían de risa ellos también.  La vida era coherente.

-Que nos seguirás viniendo a ver, ¿eh?

-Hombre, ni dudarlo...

Pero fue mencionar la duda y la duda trajo…  No sé, un frío.  Se fue haciendo un silencio molesto.  Uno de pesares aún por precisar y por confesar.

El brindis era inevitable.

-Por el Artista.

-Por el Artista.

-Por nosotros.

Bebimos aquel trago amargo.  Y nos miramos y sonreímos al acabar.

-Ya te iba haciendo falta- sentenció con su chulería de siempre Misino.

Repasamos el fondo de los vasos.  Dos veces.  Ahí no había nada.

Piluco fue a por otro cestillo de pistachos.  Julio el Plasta pegó la nariz al ventanal (pringoso de huellas y nicotina).   Misino me sostenía la mirada sin asomo de pudor.

(Años después, en una convención de comics, le sostuve la mirada del mismo modo a un guionista cansado y tocado por la muerte.  Por aquel entonces, yo no sabía que en la cultura de aquel hombre mirar así de seguido se consideraba una insolencia casi imperdonable.  Yo sólo sentía curiosidad y quería mostrar interés...  Y él, rodeado de silencio y gracia, no dijo ni una palabra.

¿Por dónde andábamos?  Ah, sí).

Así era Misino.  Incapaz de darse el lujo de la compasión.

Así que tiró de la anilla...

-Adiós a la barraca de tiro.

-¿Barraca...?

-¿Recuerdas? ¡Idea tuya!  “Mata a tu dibujo animado favorito”.

-Chicos...

-No importa.  Lo chafaste a los diez minutos.  No podrías, el copyright y eso...

-Venga ya -bufé-, ¡charla de entre copa y copa...!

Misino me echó su mirada de “Si te pones así, me lavo las manos...”

Y me abandonó a merced del enemigo.

-¡De entre copa y copa!

-¡Habrase visto cinismo...!

“¿Ves?”, ronroneaban los ojos de Misino.      

-No más Picnic del Día del Calcetín Perdido.  No más pelis de miedo con pizza.  No más charlas con resaca...

-Se quedará en su casa.

-El fin de los cuatro...

-Su, de ella.

- Piluco, déjalo, que ya te han entendido...

-¿Quién buscará el Cementerio de los Elefantes?

Nos quedamos mirando todos con cara de perplejidad al bobo de Julio el Plasta.

-Vale, ahí me he “pasao”.

 

 

06.

 

 

La horizontal facilitaba la existencia y la cordura. 

Qué grata era la penumbra de los ventanos entornados y los visillos turbios...  La respiración casi inexistente a ratos, otros una locura de acelerones y volantazos... 

Fuera, quizá la tarde ardiera, grave y afilada.  Peor para ella.

Las horas se amontonaban, incapaces de llamarnos la atención.

-No me había fijado.  Tienes los ojos de color cáscara de avellana...

Y yo me reía.

-Marrones.

-No.  Bueno, pero de ese tono suave.  Cascarita.

Incapaces, lo dicho.  Ni hacia adelante ni hacia atrás.

En aquel nido... El nido; nuestro nido.

 

 

07.

 

 

Era domingo por la mañana.  Bajé a la calle por el periódico, el pan y algún dulce.  Me encantan la repostería y el pan calentito y crujiente, recién hecho...

No estoy muy seguro de por qué por entonces compraba el periódico (¿la cartelera? ¿El horóscopo...?).

Juro que no tardé más de diez minutos.  Abrí la puerta…

-¡Paulina...!

Y apareció apoyada en la jamba de madera rojiza de la puerta del comedor, la luz clara a su espalda.  Con aire desconcertado.

Tenía algo en las manos.

-Dijeron que era para ti.  Para los dos...

Era una cinta de vídeo.   La etiqueta garabateada en rojo, y reconocí la letra. 

El Plasta.  Ugh.

-Como críos...- musité.  Y luego, más alto: -Déjalo, anda.  Vamos a por el desayuno...

Paulina se resistía.  Tanto misterio…  La curiosidad se la comía viva.

-Pásame el otro cojín.  Ése.  Gracias.

Y ahí sentados, en el mini-sofá, ella el mismo retrato de la decisión y yo oliendo a catástrofe, nos empezamos a tragar el vídeo.

Piluco mirando por encima de la lente de la cámara:

-¿Ya?

Una foto vieja.  Mía, de mí.  Julio el Plasta haciendo voz en off:

-Ha llegado el momento de destapar sus más íntimos y sórdidos secretos...

Misino, pachón ante la cámara, dándole una propina de sensatez al asunto:

-Hola.  Esto es un homenaje a nuestro amigo, el Artista.  Lo que nunca le hemos dicho.  Lo que merece oír.  Lo que el mundo debería saber de él.  Dicen que no puedes odiar aquello que conoces bien.  Nunca más cierto que en el caso de este chaval...

Julio el Plasta:

-Jamás un hombre estuvo tan necesitado de soledad.  Y de compañía.

Sentí el corazón pesar y fundirse en una llamarada blanca, cegadora... 

Luego, Piluco:

-Era un reloj precioso.  Sospechamos que no le gusta.

Y un par de escenas más tarde:

-No sé por qué.  Es azul, y naranja y blanco.  Un reloj de peces precioso.  El reloj de peces más bonito que se ha hecho jamás.  Yo, al menos, es el más bonito que he visto... 

Y tras un corte rápido a la foto de los tres con el reloj:

-La verdad es que no había otro reloj de peces en la tienda.  Pero no está tan mal.

Plano detalle del pez más grande. 

Como si no fuera bastante...

-¡Le salen burbujitas del 6! -voz en off de Piluco; y luego, de nuevo en pantalla, poniendo una súbita cara de asombro, de asombro infinito- ¿Cómo lo habrán hecho?

Más leladas.  Muchas.  Y por fin, Misino:

-Dios te quiere, pero el demonio te conoce.

A Paulina se le escapó una lágrima, así de pronto, zas. Apagué el vídeo.  Me fui para la cocina gruñendo algo bajito e incomprensible, por hacer conversación. 

Paulina me siguió.  Eché leche a calentar a la sopera y puse el fuego al cuatro.  Ella empezó a sacar el pan y la repostería de la bolsa.

-Bueno, le han echado mucha ilusión -dejó caer, por ayudar.

-Qué capazo de idiotas...

Paulina me abrazó por detrás.

-Se nota que sois amigos.

El pan caliente con mantequilla y miel estaba delicioso.

 

 

08.

 

 

Día de bronca.

No supe de dónde vino.  Una cosa llevó a la otra, y luego el chaparrón de reproches del uno al otro: inesperados, ridículos…   Aunque, en aquel momento, candentes como clavos ardiendo.

A la noche se había deshecho el temporal.  Pero qué mal rato...

 

 

09.

 

 

Los años -¡años!- pasaron. 

Yo me aburrí y perdí la fe en la especie humana en aquel empleo de habas... (Sí, lo de Atención al Cliente en Rúmiale Hermanos, Muesli con Sorpresa...).

TOMA UNO.

-¿Cómo, una oreja de plástico en su paquete de Muesli?  ¿Y un bastoncillo para los oídos?

TOMA DOS.

-¿Una factura de la luz del año 76 en su...?

TOMA TRES.

-No.  No.  No, yo no le he faltado al respeto; aunque usted a mí...

TOMA CUATRO.

-¿Un mango de paraguas?  ¿De los de señor serio…?

TOMA CINCO.

-No.  No, la verdad es que no como nuestros cereales para el desayuno...

TOMA SEIS.

-¿Una ardilla disecada?  Venga, señora, que no está la cosa para bromas.... Oh.  OH.  Vale.  Usted tampoco, mis disculpas....

TOMA SIETE.

-¿Un dado de doce caras?  ¿Color fucsia?  -Aparte y susurrando: -Chucho el rolero otra vez...

TOMA OCHO.

-No, no soy uno de los hermanos.  Pero les pasaré el recado, no se preocupe... -Y colgar. –¡AUNQUE SEA LO ÚLTIMO QUE HAGA!.

 

 

10.

 

 

Paulina se dejó el pelo de su color.  Vale, todas terminan haciéndolo.  Y todos nos sentimos levemente desorientados y –algo más sutil- traicionados.  Pero, por suerte, ya no nos importa.  No como solía...

Misino arregló cientos, quién sabe si no miles de motores achacosos.

Piluco se partió la pierna derecha esquiando.  Y juró que no volvería a esquiar.

Julio el Plasta abrió su librería.  La caja era floja, y el polvo cubría los libros, pero Julio parecía... No, no parecía; era feliz.

La madre de Paulina la dejó para siempre con una sonrisa serena y hablando de espliego.  En el funeral había tanta gente que Paulina y yo nos perdimos el uno del otro...

Piluco se partió la pierna izquierda esquiando.  Y juró que no volvería a esquiar.

Entonces fue cuando ardió la librería de Julio.  Todo perdido, cenizas y humo... Cuando los bomberos se fueron, él aún seguía ahí: temblando y silencioso, sentado en la acera de enfrente, hecho un cuatro y acunándose...

...Pero Misino rescató -nadie sabe cómo o de dónde- las hojas mal grapadas y aún apestando a humo de aquella póliza de seguro a todo riesgo que le costeamos los otros años atrás con aquel pellizco de lotería de Navidad que no nos iba a sacar de pobres a ninguno; sí, aquel mismo seguro que le habíamos hecho firmar totalmente borracho la noche de la inauguración.

Julio reabrió.

Costó tiempo.  Pero tiempo es eso que todos tenemos, aunque nos empeñemos en creer lo contrario... 

Julio volvió a sonreír.  La nueva cajera de la librería tuvo que ver en eso.  Tan poca caja que hacer, los mismos libros de siempre, todo el día por delante...  Se llamaba Aurora y era un alma como una fábrica de bombones.

Paulina y yo reñimos dos o tres veces más.  Los tiempos se volvían difíciles.  Todo es borroso.

Piluco se salió otra vez de la pista principal esquiando en el Pirineo y rodó a volteras entre los ruejos, la erguida amenaza de los pinos y los restos de la última nevada. Sólo sufrió magulladuras y cortes menores...

...Salió de Urgencias haciendo la V de la victoria.  Cien metros más allá, en un despiste, lo atropelló una máquina barredora en prácticas. Seis meses enyesado de los pies a las costillas.  Piluco juró... ¡bueno, para qué seguir...!

Un día, Julio y Aurora pillaron al Misino cogiendo florecillas silvestres en los terraplenes del Parque Grande.  Por lo visto, ¡Misino nos ocultó durante años que salía con una muchacha muy, muy seca de nombre Roberta!  

El Plasta se desternillaba ante la ternura de la escenita... Misino lo largó de muy mal genio y a patadas en el culo.  Las patadas no lograban apagar las carcajadas del pobre Julio.  Una risa histérica, elemental, preñada de sentido… Y muy contagiosa.

Aquella misma tarde, a Julio y Aurora no les permitieron entrar al cine (tanta risa aún, imagina…); pero dejaron extrañamente sonrientes y cómplices a los parteentradas, que comentaron en sus casas el episodio con voz cansada.   A Julio y Aurora los relegaron a cenar en un rincón de su restaurante de siempre, tras la planta de plástico y el falso biombo art decó.

(Al parecer, las cualidades amortiguadoras del sonido de las plantas de plástico son “vox populi”.  Las hueveras de cartón han quedado decididamente anticuadas.  Y todos los estudios de grabación insonorizan a día de hoy con biombos cutres...)

Por cierto, a Roberta le gustan mucho las florecillas silvestres.  Costumbre de su infancia.  Las mastica despacio, deleitándose...  Y le dejan un aliento fresco.

En el juicio, Piluco y la conductora de la barredora se hicieron tilín.  La cosa, legalmente, quedó en agua de borrajas.  Comenzaron a verse con frecuencia...  Hoy, son inseparables.  Piluco, como de costumbre, el Espíritu de la Ilusión.  Y ella...

Ella es una fanática del esquí.

       

       

11.

 

 

Paulina estaba rabiosa de desesperación.

-¿No tienen nada mejor que hacer?  Quiero decir, bueno, son las novias de sus novios.  Lo entiendo, pero ¿por qué yo?

Ya no quedaban rincones para razonar.

-Mira, Paulina, si no quieres ir, pues no vayas…

“Y déjame en paz”, lo hubiese rematado.

-Puf.  No puedo.  Ya les he dicho que sí...

La Liga de las Novias había quedado para comer en Viernes Santo (ideal para hallar sitio en los restaurantes, no veas).  Podrían hacernos pitar los oídos durante horas; probablemente, con razón. 

Abrió fuego Clara, la amante de la nieve.

-Mi Piluco es más superficial que un flotador de cabeza de pato...  Y lo adoro por eso.  Ahora, su memoria... -Y compuso un gesto de foto de “busca y captura” al que sólo le faltaba la barba de tres días.

-No es tan terrible.   Tu Piluco es adorable, y mi Julio un encanto.  Amable, atento, dulce...  Bueno, sí, vale: es un pelma.  Es más “pesao” que un elefante a corderetas...   Pero lo quiero.  No lo cambiaría por nada...

Clara suspiró.

-Ni yo a mi Catapumbi.

-Misino igual -replicó Roberta-.  Más basto que ir en chándal a escuchar a una Sinfónica.

Pero, ay.....

Paulina, con la miraba fija en su bebida y sus hielos, sorbió, asintió y llegó un par de segundos demasiado tarde.

-Yo también.  Yo quiero al mío...  Lo quiero.  En serio, creedme.  Pero... Esto no funciona. 

Dio otro sorbo.  Las demás abrieron mucho los ojos.

-Y voy a dejarlo.

 

 

12.

 

 

-Ahora Paulina está hasta arriba de faena en la Agencia, no va a poder ser. 

-Ya -echó el cable Julio.

-Pobre -terció Piluco.

-Sí.  Antes nos lo pasábamos genial, no sé que le ha dado con esto... 

Hubo una pausa ominosa.

-¿Qué?

-Hacia atrás -advirtió Julio el Plasta.

-Eso parece -convino grave Misino.

Piluco asintió, silencioso.  Yo los miraba a todos, muerto de inquietud...

 

 

13.

 

 

Fue unos días después, una mañana de abril.   La furgoneta de su otra gente, ya cargada con sus cosas, esperaba abajo subida en la acera.

-Cuídate.

-Tú también.

No se volvió a mirar atrás.

Esperé unos momentos -después de que giraran y los perdiera de vista- para volver al piso desangelado.

       

 

14.

 

 

Los Seis se portaron de maravilla.

Respetaron mi falta de ganas y no me llamaban a todas horas.

Se preocuparon por mi ánimo y me llamaron lo justo para sacarme de casa y animarme.

Se sentaron a mi lado uno por uno con unas bebidas frescas y me sonsacaron con moderación, dispuestos a escuchar y apoyar...

Yo no estaba de humor para maravillas.  Odié cada segundo.

Un ánimo oscuro me envolvía y me vencía...

Toqué fondo el día que quedé con la dulcísima Aurora.

-¿Sabes lo que creo?  -me dijo.-  Que eres un tío estupendo, que esta racha de mala suerte ya se ha acabado y vas a empezar a recibir todas las cosas buenas que te mereces... (zas, mirándome a los ojos con una seguridad y una bondad a prueba de bomba, su mano puesta encima de la mía).

-¿Sabes lo que creo, Aurora?

-¿Sí?

-Creo que como especie sólo merecemos la extinción. Y ahora, guárdate tu mano y tu condescendencia para el imbécil de tu novio...

Se quedó de piedra.  Me levanté, eché un billete encima de la mesa con todo el desprecio  que pude, cogí mi chaqueta y me fui para la calle.  Tiré de la puerta del bar, una de esas con un muelle de regreso arriba, y cuando me volví sin querer a parar el primer impulso, tuve un vistazo fugaz de la cara de Aurora: con las manos cubriéndose la boca y encima, los ojos enrasados en lágrimas.

Se me vinieron también a mí lágrimas y una desesperación infinita.  Me fui corriendo, gritando por dentro como un loco; sin saber hacia dónde ni para qué, ni cómo acabar con todo ese dolor...

Vagué durante horas por la ciudad.

Jadeando, los ojos crispados, el alma perdida.  Perdida por el daño que le había causado a una persona inocente. 

 

 

15.

 

 

¡Saludos!  Perdón por interrumpir el relato...  Soy la doctora DiCloro, Psicóloga y Consejera Personal.  

¡Ya está bien de drama!  ¡Recuperemos el humor en esta historia!

¿Qué dice un bistec al llegar al plato?  ¡Pa’ tatas, mis hermanas!

¡Jaaaa jajaja jaaaa.....!

Huy.  Aaaaaaay.  Humf.  Ooooy.  Bueno.  A ver, déjenme decirles algo importante. 

Tengo aquí delante los expedientes médicos de Paulina y Cascarita...

(¿No pone el nombre de este tío en alguna parte?  ¡Esto no es serio!).

Ejem.  Como iba diciendo, tengo los expedientes....Uh... Aquí...

-¡Fiorina!  ¿Dónde has puesto el otro?

-¡Se ha sentado usted encima, doctora DiCloro!

-¿Encima? ¡Uy! -Sacando de debajo del trasero una carpeta color manila...  -Gracias, Fiorina...

-Dichosa costumbre de sentarse sobre el escritorio, “Docteur Fatale”....  –la oigo murmurar. 

Aquí.  Eso.  Y puedo explicar de forma completamente científica la conducta de nuestra pareja protagonista...  Un momento...

Saco un papel doblado del bolsillo.  Como esto es un relato escrito, confío en que nadie pueda verme tirando de chuleta (no, no.  No de las que se sirven con patatas…).

...Paulina se vio desbordada por el estrés del trabajo en la Agencia.  Era una mujer muy inteligente y activa, pero un estanque con tiburones es un estanque con tiburones (ver chiste del bistec). 

Necesitaba todos sus recursos para mantenerse a flote a duras penas...  Tras la muerte de su madre, las relaciones con sus hermanas -unas arpías- se hicieron más difíciles de lo que habían sido...  Su humor pasó a ser más veces lóbrego y gruñón que ligero y animoso. 

Y eso es el principio del fin para cualquiera.

Podía, debería haberse apoyado sobre su Cascarita, pero lo veía como algo bueno que no quería estropear.

Veréis, ella realmente lo amaba.

Y empezó su descenso al hastío, el malhumor y la falta de sentido. En pocas palabras, estaba quemada.  Mucho.

(Un chiste.  Corto.  Malo.  Divertido.  Él es... ¡El chiste del bistec!)

Para ella, su relación ya no tenía chispa.  Ni chicha (pasar bien a la plancha) ni limoná.  Y comprendió, aunque en parte y de forma totalmente desafortunada, que era hora de pasar página.

(La doctora DiCloro pasa página.  Es la última, así que cierra el expediente de Paulina).

Por otra parte, Cascarita era un ser simple, pero bondadoso.  Creativo, leal, un buen chico.  No entendía por qué: por qué, si apoyaba a Paulina, ella no estaba mejor.  Se sentía confuso.  Y en sus horas bajas, dado de lado.  

El empleo de las quejas por teléfono también lo deprimía bastante.  Normal: un puesto de ese estilo aburre a las ovejas (oveja-carne-filete-etc...) y (¡hey, “quejas” y “ovejas” riman!  ¡Igual podemos hacer otro chiste distinto...!) es muy desagradable para una persona noble y atenta empaparse del mal genio de toda esa gente a la que él no le ha hecho nada de nada.  En el fondo, deseaba que lo pusieran de patatas -digo, de patitas- en la calle. 

Lo que nos lleva a la escena del orfebre...

¡Huy, esto se corta!  ¡Soy la doctora DiCloro, hasidounplacer, besines, muamuaMUÁ!

       

 

16.

 

 

-¡Esto es indignante!  ¡Un camioncito de plástico en un paquete de muesli!

-Sí, pero...

-¡Y el camioncito, además, del gasoil!  ¡En una cosa de comer!

-Que sí, sí.  Pero oiga, que me ha salido a mí...

-¡Como si importara!  ¡Esto es el colmo...!

-Por favor, cálmese.  Mire, como si no hubiera llamado, ¿eh...?

-¿Cómo voy a pasarlo por alto? ¿Cómo...?

-Vaya, sí que se preocupa usted por su negocio...

-¿Mi negocio? ¡Ja!

-(El cliente, confuso) ¿Qué...?

-¡Que JA! ¡Y otra vez ja!  Señor, ¡sólo soy el desgraciado que recoge las quejas...!

-Oh.  Cuánto lo siento....

-¡Voy a dejarlo!  ¡Decidido...!  ¡Al cuerno...!  ¡Busco trabajo!  ¿Puedo barrer su casa?  ¿Puedo traerle las zapatillas?  Si conoce alguien que necesite un aprendiz, un ayudante, un secretario, un mozo de cuerda, soy su hombre....

Hubo unos momentos de tenso silencio.  Al fin, aquel alma bendita que había al otro lado de la conversación consiguió susurrar...

-Pues verá... Yo... Soy orfebre, y ahora mismo no pensaba tomar ningún aprendiz... Si es que esto es muy técnico y muy difícil, y como todos los chicos buscáis ahora dinero rápido...

-¡Nononoquéva...! ¡Soy suyo! ¡Soy bueno en arte!  ¡Y traigo el café sin derramar una gota...!

-No sé, yo no...

-¡Sálveme, se lo ruego...!

-Yo...

-¡Tengo currículum! -le solté de sopetón, como a quien se le ocurre vocear “¡…Tengo las orejas grandes!”

-Uuuuuuf.   Bueeeeno, vale.   Venga mañana...

-¿Sí?  ¿De verdad?  ¡Gracias!  ¡Muchas, muchísimas gracias!  ¡No se arrepentirá, se lo prometo...!

-Ya, ya.  Hale…

-¡Adiós y gracias!

Colgué.  Me sentí eufórico durante un minuto, mientras el teléfono sonaba y me daba igual.  Entonces, de repente, me di cuenta de que no sabía dónde ir ni a quién ver...

Pánico loco.

Cogí el teléfono:

-¡Mi vida se acabaaaaaa....!

-¡Uf!  Hola, soy el de antes.  Que como no te he dicho dónde está el taller, pues eso, si aún quieres tomar nota...

 

 

17.

 

 

El sr. Buenamor, el orfebre, me tomó de aprendiz y con eso me salvó la vida.

Me hablaba con sosiego.  Aconsejaba con una humildad asombrosa.  Siempre estaba de buen temple...  Y, vale, no podía pagar mucho. 

Pero me devolvió la dignidad.

La dignidad.

-Cuando crea que me defiendo en esto, dígamelo.

-No te preocupes.

Además, a las pocas semanas empezó a comprender que yo no estaba como un rebaño de cabras.

No siempre; no por naturaleza.

Mi primer trabajo en serio era algo personal.  El maestro orfebre me dio su aprobación, se lo pagué gustoso y me lo eché al bolsillo. 

Una hora después estaba en el umbral de la librería.  No esperaba buenas caras...

-Hola.

Las de Julio y Aurora eran de sorpresa.

-Hola.

-He estado en un lugar horrible todo este tiempo.  Y yo, yo era horrible... Y lo sabía.  Y no podía cambiarlo... 

Me atraganté.  Me eché la mano al bolsillo.

-Lo siento.  Ojalá pudiera... Esto -les alargué la pieza de plata que llevaba en la mano-...   Esto es lo primero bueno y limpio que he hecho desde entonces.   Si quisieras aceptarlo, Aurora...

Me abrazó.  Y Julio también.  Me abrazaron los dos.

Y apenas podía respirar, pero me supo a gloria.

 

 

18.

 

 

Resultó que se me daba de cine atender a las clientas. 

La buena educación era la marca de la casa; y el sr. Buenamor era muy amable, pero demasiado prudente.  Así que me puse tras el mostrador y me dediqué a repartir simpatía y sonrisas...  En poco tiempo, empezamos a notar que la gente volvía con más frecuencia, muchas veces acompañando a otras personas.

Retocamos el escaparate, por darle chispa al buen gusto.  Los ingresos subían...

Por dentro aún me dolía, pero ahora quería estar bien.  Y la mejor forma era hacer sentirse bien a todo el mundo.  Tiré de corbata, pero siempre vestía con colores alegres y un punto de cuidadísimo desaliño en el pelo, el cuello abierto de la camisa, quizá un chaleco y remangado...

...Y escuchaba.   Años en la línea de quejas me habían dado intuición para escuchar...

Recuperarse de algo así (lo mismo me da decir de una relación rota o del puesto en el departamento de atención al cliente) es más parecido a una montaña rusa que a otra cosa.  Hay días buenos y días malos, avances y vueltas atrás.  Frustración a paladas y de vez en cuando, alguna satisfacción...

Había vuelto a ver a los chicos pero, la verdad, no muy a menudo: solía evitarlo siempre que podía.  Si me encontraba con alguien de repente, estupendo: “Vámonos a tomar algo, qué bien te veo, bla bla bla...”  Como si nunca hubiese pasado nada.  Y disfrutaba...

Me hacían encargos, como el de Misino, sólo por el gusto de verme salir adelante.

...Pero no soportaba quedar.  Sólo pensaba en escaparme de la cita, como Paulina aquella vez...

¿Dónde estaría Paulina...?

 

 

19.

 

 

¡Hola, queridos!  ¡Soy yo, Julieta DiCloro!  Tranquilos, no vengo a daros la paliza con el rollo médico...  ¡Es que Paulina es mi vecina!  Así, rimando, como “quejas” y “ovejas” pero en el mismo inmueble y un piso arriba, un piso abajo; según desde dónde quieras verlo.

Se mudó el año pasado.   De piso.  Otra cosa sería una falta de higiene muy grande y me consta, a la vista del tendedero de Pauli, que no es así.  Su ropa interior es abundante, colorida y variada; lo que indica vitalidad, cierta tendencia al despilfarro y a ligar con Piscis.

Los últimos meses han sido muy emocionantes.  Chiqui, el vecino del entresuelo, le tiró los tejos a nuestra Pauli desde el primer día.  Algo sorprendente, porque todas creíamos que a Chiqui lo que le gustaba era los anuncios de colonia para tíos y nos parecía muy bien, oye, que cada cual...

¿Sería una fase? ¿Timonazo y para allá? ¿Les gusta el flan a los esquimales?

En fin.  Empezaron a llover las flores.   La música llenaba la luna al caer la tarde, y la voz de barítono de Chiqui lo mismo rondaba a Turandot que a María...  Pauli se apoyaba en el alféizar y escuchaba callada, con el rostro triste.

Con ese pedazo de guayabo tan guapo y en celo, las hormonas de todas las mujeres de la casa se pusieron a mil (menos, irónicamente, las de la propia Paulina, que se compró un perro).  Subió la compra de vinos y velas, de salsas exóticas y aceites tocados de esencias embriagadoras;  pasaron montones de revistas ocultas en carros de la compra y las tarjetas de crédito echaban humo cada vez que alguien echaba un vistazo a un escaparate...

Los tendederos de las vecinas –perlados de piezas de lencería de la buena- empezaron a competir como colas de pavo real.  Los hombres no daban abasto para cumplir con la Liga y la naturaleza, las serenatas espontáneas tuvieron que empezar a pedir hora para no estorbarse unas a otras y el día que las comadres se unían a coro de una ventana a otra, la casa reverberaba. 

Pauli y Chiqui quedaban para ver comedias viejas, de ésas de mujeres listas y caballeros con picardía.  A veces echaban unas tapas en el bar de abajo, mientras cosían y descosían a todo temerario que se atreviese a aparecer en los programas de la tarde.  Pasearon juntos a sus perros (Chiqui vio la oportunidad y corrió a la tienda de mascotas) por el parque, tomaron el aire y se hincharon a recoger cacuchas.

Y de tanto trato, tanto trato....

¡Jolín! 

Pauli empezó a confiar en Chiqui.

Y Chiqui empezó a tratarla como una amiga en vez de como a un proyecto...

Hace dos meses se unió a los paseos con perro un chico alto y moreno, de sonrisa suave, que se llama Manuel...

Paulina siguió yéndose a dormir sola (bueno: con su perro, Venadas, a los pies de la cama).

Y las vecinas comenzaron a sentirse confusas y a reducir gastos.

Los maridos volvieron a ver el partido de los sábados tranquilos  (y el de los martes, y el de los miércoles, y el de los jueves...).

Chiqui le preparaba unas cenas a Manuel de chuparse los dedos.  Y los dos veían unas comedias viejas de mujeres listas y caballeros con picardía que quitaban el sentido...

¿Y yo, que parece que nunca salgo en lo que cuento?

Pues a ver dónde guardo ahora tanto frasco.  Y a mirar piernas de futbolistas...

 

       

20.  

 

 

Iba recuperando mis viejas aficiones.  Tocaba la guitarra como el que toca una zambomba y modelaba arcilla casi con la misa gracia que gastan las vacas en un descuido sobre la hierba del prado...

Pero tocaba y moldeaba.  Y dibujaba con lápiz grueso y hasta me compré una cámara decente para empezar mi sueño -olvidado hace tiempo- de rellenar un álbum de fotos de nubes.

Y otro del mar (eso que nos cae lejos) y otro de mis edificios preferidos de esta ciudad...

Encontré a Paulina un día que fui a hacer fotos de los magnolios del parque.  Se veía distinta.  Llevaba un perrillo blanco, menudo y vivaracho.  No sabía si acercarme o no, pero ella me vio y me saludó...

-Hola.

-Eh, ¿qué tal? 

Parecía un poco triste, como yo...

Pero había dejado la Agencia y se había metido en uno de esos gabinetes de estética; a vender cremas y jabones, a decirle a la gente lo guapa que está cuando se cuida.  A vivir sin matarse la cabeza...  Y cobrar, poco, como yo.  Pero se defendía y estaba bien...

Le conté lo del taller de orfebrería y se le iluminaron los ojos; me apretó la mano y me dijo “Qué bien, cómo me alegro”.

-¿Un helado?

Sonrió con una timidez inesperada.

-Claro.  

Quedamos una tarde en el piso de Paulina con Julio y Aurora para una sesión salvaje de parchís.  Me tocó jugar con amarillas.  Aurora sacaba tiradas de seis-seis-cinco como mi tía abuela tejía patucos.  Nos lo pasamos de infarto, hasta que con toda esa emoción Julio se tragó su dado y acabamos todos en Urgencias (donde le prescribieron espárragos, orinal y paciencia).

Misino tuvo una temporada preocupante en que sólo leía a Mishima por el parecido de los nombres.  Empezó a escribir kanji, a llevarse un rastrillo al pedregal de su abuelo centenario y a mirar con cara de pena los peces naranjas de las tiendas de mascotas.

Hasta que Roberta le echó un responso de los grandes y le pasó la obra completa de Carlos Arniches.

-Y como me venga con más tonterías, los Quintero.  ¡Será canelo, el tío...!

Piluco actuó en su primera película.  Hacía de cocinero con batidora y tenía frase:

-Vaya.  Ya se me ha vuelto a parar el marcapasos...

...Y a rebufo de tanto éxito cinematográfico, Clara comenzó a pasar modelos en desfiles de marcas de ropa íntima.  Por lo visto, ahí se aplaudía mucho.  A ellos y a ellas.

Piluco se hacía el longuis con lo del lugar y la hora, pero Paulina le achuchó a Venadas y el  otro, arrinconado y lloriqueante, cantó como una cardelina. 

Julio se resistía, en su condición...  Hubo que porfiar, pero Aurora lo convenció echando el orinal a una bolsa grande de plástico.

Total: ahí estábamos los siete en primera fila, con la boca abierta y una mueca de felicidad ausente aplaudiendo como locos.  Llegado el momento, salió Clara con un modelo arrebatador...

El orinal de Julio hizo Plinc.  La dulcísima Aurora estuvo mosca un montón de días.

 

 

21.

 

 

El otro día estaba en el sofá de Paulina viendo un maratón de mi serie favorita, “¡Otra Muela Y Me Voy Corriendo!”.  Nos habíamos puesto tibios de cortezas; llevábamos no sé las horas ahí sentados, y llegan al episodio en que Nikka intenta seducir a Mario y éste se resiste porque lleva unos espantosos calzoncillos hawaianos que le han hecho ponerse en la fiesta de Navidad de la oficina.

Iba a abrir una bolsa más (de Patatas Fritas Al Aroma De Dos Salchichones Distintos), cuando salió esa escena en que Nikka se enfada con Mario pero bien, se da la vuelta para largarse y él le dice:

-¡Nikka, espera!

-¡Oh!  ¿No te parece que haya esperado lo suficiente...? -le espeta, con cara de lagarta biliosa.

-No, es que... ¡Ya no puedo más!

Resonó un trueno de atrezzo.

-Yo sólo te quiero a ti.  Desde hace...  Buf.  A ti.  Y nadie más...

Paulina y yo nos miramos.  Algo se nos rompió dentro.

Y nos besamos con una ansiedad pasmosa...

 

 

22.

 

 

Piluco obtuvo un segundo papel en una peli de mafiosos.  Hacía de prestidigitador fracasado y tenía frase:

-Vaya.  Se me ha ido el santo al cielo y no he atinado a dar el cambiazo del reloj del caballero con el que llevaba en el bolsillo de esconder los trucos...

Clara participó en un calendario con fines benéficos.

Misino y Roberta tuvieron gemelos hace dos días.  Por una vez, Misino mira y no tiene nada que decir.  En toda su vida de huérfano, nunca había estado en paz.  Hasta ahora.

Paulina y yo volvemos a vivir juntos.  La miro y no me creo la suerte que tengo...

Me he pasado a charlar un rato con Aurora y Julio.  Me han regalado un librito de poemas.

Hace una tarde preciosa.  Voy paseando Independencia abajo, sin prisa pero sin pausa...He quedado con Paulina debajo del reloj de la Diputación a las siete en punto.  Y no quiero llegar tarde, no quiero perderme ni un segundo.

Así que disculpadme...  Debo dejaros.  Mi amor me espera en Plaza España.

 

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      Mi amor me espera en Plaza España” © 2007, 2008, 2026 Carlos Pueyo Montañés


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