Destino.
Ésta es una de esas entradas de liberar presión, avisados quedáis...
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Llevo meses buscando trabajo.
Desde que me di de baja como autónomo (escritor de libros que cumple para con sus obligaciones con Hacienda, ¿recordáis?) me he apuntado al INAEM y a unas cuantas bolsas de empleo. He enviado mi C.V. a todos los sitios que se me han ocurrido, un montón (al principio llevaba la cuenta -quince, veinte, veinticinco...- pero ya no). Y me he postulado como candidato para ésta o aquella oferta, y...
Por lo general, unos no contestan y otros -los menos- sí lo hacen y con mucha amabilidad para decirte que ahora mismo no pueden ofrecerte nada y te desean buena suerte con la búsqueda. Cosa que se agradece en el momento.
Y ya.
El verano ha sido lo que ha sido; el calor que impide dormir deja la cabeza en situación de servicios mínimos y uno, que anda con la moral tan alta como puede pero que ve el percal, se volcó en hurgar en las misérrimas ofertas de eso que la gente llama "mercado laboral" (y no "castaña pilonga", aunque sólo por una mera cuestión de buenos modales). Da la impresión que ser lo que se entiende por ahí por parte de la mayoría de la población como "realista" y "sensato" tiene como consecuencia lo que me viene pasando a mí desde hace tres meses, a saber: que nada de nada y date con un canto en los dientes.
Porque claro, pese a mis décadas de experiencia y mi versatilidad y mi buena disposición tengo más handicaps que ventajas para el susodicho "mercado laboral": 59 años para 60 (aunque aparento menos), un mero título de magisterio de los 80 para luchar por acceder a puestos ultraespecializados que encima de los máximos títulos y certificaciones posibles requieren meses y meses de experiencia previa para ahorrarse la formación (incluso aquellos en los que en dos o tres tardes -¡o menos!- me pondría al cabo de lo necesario para funcionar sin problemas...)
Vamos, que para un alto porcentaje de los empleos ofrecidos se espera que alguien joven y con el título preciso aterrice en ellos corriendo sin perder comba y se pula casi al instante la tarea de los últimos quince días sin necesidad de tener que ponerle en antecedentes. Pues qué bien.
Conque, al final, va a ser lo que yo veía venir desde el principio. Quizá dibujando le caiga en gracia a alguien y empiece barato pero más o menos sosteniendo la cosa. Eso sería directamente un milagro, visto lo visto...
Y os diré algo: he tenido fe. A la fe, la buena suerte, el milagro oportuno y el "Todo irá bien" me he aferrado durante años... Y niente di niente, mi teniente. Eso de "Confía y siéntete próspero" ha resultado ser una trola de las de Pinocho en su fase muñeco-de-madera-embustera. Yo lo hacía por una simple decisión de ser optimista, valiente. Y los años y el mal fario me han pasado por encima como un vehículo pesado a tracción de oruga sobre la primera flor de la primavera: sin mirar, sin importarles, zas. Extraplano. Y con marcas de arriba a abajo, para que no te olvides.
O quizá -la otra opción- sea la que me toca. Que Dios, el Destino, el Universo o como lo quieras llamar sólo tenga previsto para mí llevarme -en poco tiempo, todo sea dicho- a la miseria primero y la muerte poco -muy poco- después. Ah, ¿creéis que no? ¿Cómo y con qué lo voy a impedir?
Me decía un amigo hace unos días que yo valgo mucho; y que cada vez está más convencido de que todos tenemos una función, una misión... Vamos, ALGO QUE HACER en esta vida. Y sí, no es que esté yo en desacuerdo con eso.
Pero sospecho que mi función, mi misión, la mía -aunque me queda voluntad, claridad mental y cuerda en la imaginación como para seguir creando durante años- ya parezca más que cumplida y satisfecha a ojos de este mundo anodino, cobardica y escaso de variedad en el que ahora mismo nos movemos; uno reducido a lo mínimo, como caído en un vaso de zumo de limón recién exprimido.
No es una buena década para el crecimiento y la expansión hacia horizontes nuevos, lejanos, prometedores y refulgentes. De eso, parece que no quede si no los pone uno mismo de su propio bolsillo; o, mejor dicho, de su propia iniciativa. Esa misma iniciativa que oía lo de "no son buenos tiempos..." y solía replicar, inevitable: "¿Y cuándo lo son?"
Yo sigo en la brecha, claro. Hoy no será; todavía no. Aún me quedan cuatro o cinco telediarios (¡uf!) de cuerda (y no muchos más). Quizá cambie la suerte (a eso toca aferrarse). Quizá, burla burlando, encuentre una forma de salir adelante. Aunque cada vez tengo más dudas y menos esperanza, seguro que lo entenderéis.
Y también que, a estas alturas, uno se cisque con saña en el dichoso Destino de los narices y en sus múltiples nombres y maldiga feroz su indiferencia y toda su caprichosa persona.
