Atardecer.
Ayer salí tarde a hacer la compra. El ascensor estaba de un humor un poco tontorrón: le costó dos intentos decidir que sí, que me bajaba a la calle (con el carro vacío) y tres que me subía de vuelta a casa (con el carro lleno, por lo que hubiese sido una mala faena si llega a decidir que no y me hace subir cuatro pisos con aquella carga escalón a escalón).
Entre medias, os aseguro que entrar al supermercado fue un alivio: ¡qué fresquito se estaba ahí! Dejé mi carro encadenado (la llave al bolsillo del falso pantalón vaquero) y pillé uno de los de la tienda, que me gustan porque no son ni muy grandes ni muy pequeños y con la cesta de plástico. Llevan una pegatina que explica que van cubiertos con un tratamiento antibacterias. Mejor, oye. Con la de cosas que echa ahí la gente y más considerando que hay quien se deja papeles, bolsitas o guantes de los de coger la fruta, cuanto más limpio tenga pinta de estar, más a gusto lo lleva mi menda...
Cargué y esperé un rato en caja, pues soy de los que dejan pasar a los demás si llevan menos compra que uno mismo. Y aún así, y pese a lo diligentemente que recojo a medida que me van cobrando, aún se hizo un poco de fila después (el caso es dejarlo a uno mal) y hubo de llamar la cajera a otra compañera para aligerar aquello, que mira tú. En fin.
Repartí la compra en alacena y nevera y me bajé, ya con la luz del día muy de caída, a dar un paseo corto. Eché una bonoloto, que nunca se sabe cuándo le va a dar a la suerte por cambiar de intenciones. Me acerqué a una de esas tiendas de barras de pan y vinagrillos a por una bebida fresca y me dio por cruzar el semáforo de la avenida en busca de un trocito de cielo abierto...
Era de un azul pastel apagado y en él, cuatro escasos jirones de nubes de un gris plomizo, pesado... No sólo eso: la estela de un avión que viajaba alto se encendió de rosa vivo, el eco del sol que se hundía (o acababa de hacerlo) en el horizonte que quedaba fuera del alcance de mi vista. Me bebí aquel brebaje dulce y chispeante mientras la estela rosa cruzaba el cielo despacio, cosa de medio minuto o similar. Un momento de paz, un momento de belleza.
Crucé y volví hacia casa... Para sorpresa y chasco tanto mío como del resto de vecinos de la escalera, el ascensor ya había decidido esconderse y hacerse el loco por el resto del día, seguramente en el garaje. Ay. Bajé la bolsa de la basura a su contenedor en la calle y hale, otra vez a tirar escalones arriba. Que no decaiga.
Finales de verano, todavía aguantando los caprichos del tiempo... Aún envueltos de calor. No le queda mucho, claro. Esto es septiembre.
En la tele, la noticia que no lo es tanto es la vuelta al cole. Y cuánto les cuesta, a unos y a otros...
En otro tiempo, quizá disfrutando de un fin de semana, el ocho de septiembre -tal fecha como hoy- me hubiese pillado en las fiestas del pueblo. Hoy es su día grande; la gente subirá engalanada a la ermita a misa de doce. En cada casa, la comida de hoy será una celebración, quizá rematada con un corte de helado (en aquellos años ochenta, en casa de mi abuela solían mandarnos a los críos a por helado y galletas al bar, a la otra punta del pueblo, y prestos íbamos y prestos volvíamos). Por la tarde, al café-concierto en el salón... Y, por la tarde, verbena en la plaza. Hoy, un martes, no habrá tanta gente como en fin de semana. Menos ambiente, que le dicen; pero más cómodo, más a gusto.
En aquellos años de otra vida, una ya perdida, mientras esperaba a que me dieran una voz para subir a cenar solía quedarme en la puerta de casa tocando (mal) la guitarra y mirando al horizonte donde se acababa de hundir el sol. Yo, en mi cabeza, a esa colina cubierta de árboles que me quedaba enfrente y lejos la llamaba "el Monte de los Sueños Perdidos". A esas horas era una silueta oscura que se recortaba ante el fondo de un cielo primero dorado, luego rojizo. Quizá, en mi ignorancia, algo sabía de lo que traen los años y cómo acabamos viendo los tesoros que hemos ido dejando por el camino.