Otro verano.

 Otro verano.

Con la cabeza llena de aire caliente; los restos del que entra calcinado cada mañana por las ventanas que no quieren ni mirar al este, pero no les queda otra.  El sol inmisericorde castigando las baldosas de los alféizares, perdidos de polvo del desierto; nunca se sabe si a horas de que las aguas de una tormenta brusca se lo lleve todo, calor y tierra.  Pero no.

La lluvia se resiste a caer.  Y su falta, tan marcada, tan larga ya, nos deja como era de esperar: secos, marchitos, oliendo a cajas vacías hace tiempo.

Oyes hablar de una película antigua por la mañana y la encuentras por sorpresa a la tarde, en medio del zapping entre canales.  Y la ves entera o, al menos, hasta que se termina.

Caminas para gastarte y luego comes -por desesperación, por ese vacío que antes mencionaba- y lo compensas.  No pierdes ni un kilo de los quince que deberías...  Todos siguen ahí, un peso que te ralentiza y te cansa, una prueba de que afrontas tareas ahora mismo imposibles.

Te ofreces al mundo, pero el mundo te ignora.  Ahora parece que te descarte por la edad, pero quiá: lo hizo hace muchos años.

(Y sí, ya lo sé: monosílabo sin tilde.  Pero qué queréis, a mí esa rayita feroz sobre la "a" me calma, me dice que todo está como debería.  El relámpago ilumina dónde la fuerza del rayo alcanza el suelo y marca el mundo, lo repasa, te deja claro que las cosas son así).

Otro verano, otro paseo por la cuerda floja.  Las calles, medio vacías hace quince días, ya no lo están.  Los grupos familiares que andaban de vacaciones en cualquiera de esos pueblos de playa repletos hasta la bandera han vuelto ya, con sus clichés tristes de que toca volver a hacerse a la rutina.  Y se han traído de vuelta su falta de consideración, su sonsonete de "...A tapar la calle, que no pase nadie" tan vigente como siempre.  Si los demás no cabemos, no importa.  Ya nos apretaremos, piensan...  Pero uno acaba bajándose a la calzada.  Como si te tiras al mar, claro.

Agosto, la decadencia.  Se suele decir en la escuela que es en otoño cuando caen las hojas de los árboles; pero no, es una verdad a medias.  Las hay -muchas- que se tornan amarillas y parduscas ya en julio y en agosto y caen, muertas, tropezando peldaños abajo por una escalera invisible del aire al suelo en medio de la temperatura exagerada de la mañana y en la casi imposible de la tarde.  

Mi alma, casi siempre sola, vaga por este escenario dantesco; la esperanza casi perdida por completo, los fines -eso que te da un rumbo- en su mayoría desechados o, cuanto menos, borrosos.  

Ya perdonaréis.  Me toca ir a tender la colada.  Lo único que sale fácil en estos días, secar la ropa.  En el aire de este verano; otro más.

Si fuese una persona, debería caérsele la cara de vergüenza.

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