SPOILER.

Estaba tumbado, leyendo un rato a ver si me relajaba y cogía el sueño; pero no.  Y volvía a leer.

Leía la Mente Salvaje de Natalie Goldberg por enésima vez.  Me resulta familiar, me resulta cómodo.  Pues ella se confiesa imperfecta, pero sabe que cuando escribe hace lo que debe.  Lo que tiene que hacer, ¿entendéis?  Y ve lo frágil y lo equivocado y lo que sale como querríamos y hasta tiene un toque de maravilla.  La entiendo y me resulta fácil dejarme llevar por sus palabras, pues muchas veces son las mías.  La expresión de una vida que no es como querría, pero quizá cumple con lo que toca...

Y antes que eso, mientras fregaba los platos, pensaba en lo geniales que son algunas frases de cine.  Cortas, directas, justo lo que hace falta.  Los críticos de este mundo atontolinado lo llamarían "escribir por encima de las posibilidades de uno"...  Puede ser.  Pero de lo que estoy seguro es que eso es escribir muy, muy bien.

Pienso en ese par de escenas con Fray Tuck en el Robin Hood de Kevin Reynolds.  Por el número de palabras, nadie lo diría; pero si tienes ojo...  Son suficientes para aceptar el papel, para luchar por él.  Para creer que es de Óscar al Mejor Actor Secundario.  Y el actor es bueno, ya lo creo; sí, lo es.  Pero es que los momentos y lo que dice...

Cuando se enfrenta por primera a los Alegres Hombres de Sherwood, cree haberlos burlado... Y una rama lo derriba del carro que guía con su ánimo feroz.  El jarro de vino del que se servía sigue en su mano, pero roto.  Y Fray Tuck, barbudo, grueso, joven y orgulloso -frustrado, claro, y seguramente molesto- comprende, mira el jarro y se limita a citar lo que ha aprendido: "Él nos lo da, Él nos lo quita".  Soberbio.

Luego, las gentes del bosque lo ponen de animal de tiro del carro; para reírse de él, para bajarle los humos.  Y al fin un rendido Fray Tuck se quita de cuello y hombros la pieza con que lo uncían y jadeante, agotado, tirado en el suelo, vuelve la vista al cielo -si es que esos ojos entornados llegan a ver- y dice, mordiendo las palabras: "Gracias, Señor, por enseñarme humildad"...  O algo así.  No estoy seguro ahora mismo de cómo era el doblaje, pero sé cómo quedó: estupendo.  Y quizá sí, quizá se ha rendido ante los acontecimientos.  Quizá haya algo de cierto en ello y sea más humilde o, si a eso vamos, menos altanero.  Pero hay ironía allí; demasiada para dejarla pasar.  

Todo de parpadear y perdérselo, así que prestad atención...

Dos escenas.  Menos de quince palabras.  Algo visual, directo, y un par de remates como corresponden.

Eso es escribir de cine.

Claro, a muchos críticos sólo les llegó lo evidente: el Nottingham de Alan Rickman (que hace un villano interesante, con rabia, impotencia y hasta tedio ante tanta aparición del héroe titular).  A mí me gustó lo de "¡...Se acabaron las decapitaciones compasivas!".  Me hizo reír bien a gusto.  Y sólo son cinco palabras, ¿veis?  No hace falta soltar largos discursos para que las campanas doblen.  Hazlos más cortos, remátalos con un buen chiste.

Mira el gran momento de Tom Hanks en "Salvar al soldado Ryan".  Es una bomba de una sola palabra (quizá un par en inglés): "Gánatelo".

Wow.

A veces, requiere algo más.  Tras un buen rato construyendo la situación, llega el momento de la verdad.  Vamos con LadyHawke, otra fantasía medieval.  Philippe el Ratón (Matthew Broderick) entra en el corral tras ver salir a Imperius, que necesita hierbas medicinales y prefiere recolectarlas antes de que la noche caiga por completo...  Y ¿qué encuentra Philippe?  No el halcón herido que le ha traído, sino a la bella desconocida (Michelle Pfeiffer) de las últimas noches: cubierta por una piel de animal y el hombro atravesado por una flecha que él ya ha visto antes.  Philippe, que siempre miente por compasión, no puede más.  "¿Sois real o sois un espíritu?" y ella -más hermosa y más humana que nunca en la fotografía de Vittorio Storaro- gira la vista a un lado y responde "...Soy desgraciada".  Y el corazón se te rompe, como al mismo Philippe, que no tiene tiempo de procesar aquello (sólo de dejar que le golpee).  La música sube, el monje -recién llegado- lo saca de ahí...  

Luego, Philippe quiere sonsacar al anciano.  Y éste comprende y musita, como en una sentencia fatal:  "Ah... Tú también".  Breve.  Directo.  

Perfecto.

Así se escribe.  Con las entrañas.  Y la cabeza, sólo para recortar.

En La Casa del Lago, donde Chicago se nos muestra preciosa, una ciudad de hermosa arquitectura, sólida e inspirada...  La historia de amor entre los personajes de Sandra y Keanu va creciendo sin estridencias.  Deciden, a través de sus cartas, dar un paseo juntos.  Y al final, una frase pintada en blanco sobre una pared de ladrillo: "Estoy aquí, contigo".  En esta vida, la mayoría de las presencias no dan tanto.

En Casablanca, Rick rabia.  "¡He dicho que la toques!  Si ella puede soportarla, yo también".  Y en ese mismo momento, sabemos que no es cierto; ni para él, ni para ella...

El Jefe Brody susurra alarmado hasta el terror: "Necesitamos un barco más grande".  No es nada nuevo.  Casi nos hace reír: sabemos que es una verdad inmensa.  Y lo mismo con el personaje de Danny Glover en "Arma Letal": "Soy demasiado viejo para esto".  Ahora mismo, no puedo jurar si el remate es "...esto" o algo más sucio.  Da igual.  También es cierto y nos consta.

Escribir bien tiene sus trucos.  El personaje de Woody Allen suelta su discurso de forma mecánica sobre...  ¿Caravaggio?  ¿Tintoretto?   ¡No lo recuerdo!  Da igual: un pintor.  Lo hace para conquistar a una deslumbrante desconocida (creo que Julia Roberts, pero tiro de memoria y eso no es fiable) en Venecia.  Y sí, entendemos a la perfección que ha sacado esa información de una enciclopedia y se la ha aprendido de memoria.  Está claro PORQUE lo remata con fechas.  Y su voz muere dado que no tiene nada más que aportar...  Zas, toma, el final del chiste.

Y nos tronchamos vivos.  Cada momento, cada intención, requieren su manera de hacer las cosas.  Y lo intuyes, lo sabes: te sale de dentro.  

Aprende a escucharte y la voz en tu cabeza te dirá qué y cómo.  Si te hace falta, reescribe.  Sobre todo, recorta.

Lo suelta Martin Landau (hoy he descubierto que fue historietista durante cinco años, entre sus veinte y sus veinticinco) en The Majestic, otra película portentosa.  "Es la primera vez que me llamas Papá".  Al volverse, Jim Carrey ya no está a la vista; se encuentra en la esquina oculta tras la puerta, procesando aquello.  El silencio es suficiente.  ¿No los tiene la vida, a montones?  Aunque la mayoría de las veces nuestras cabezas vayan como locas, parloteando sin talento...

Nos parece que para deslumbrar necesitamos escribir unas parrafadas tremendas, farragosas, si os descuidáis pedantes.  "¡Más madera, es la guerra...!"  Pero claro: "Señores, quizá este hombre parece un idiota y suena como un idiota, pero no dejen que eso les engañe: en realidad, es idiota".  

Y merecemos algo mejor.

Lo sabían Capra y Riskin, que hicieron correr a Jimmy Stewart por aquel gran plato nevado simplemente gritando "¡Feliz Navidad...!" una y otra vez.  

Lo sabían los Coen, que remataron la parrafada inicial de "El gran salto" con un "Ah...  Pero ésa es otra historia" y subieron la música.  Y menuda música: la suite de Espartaco de Katchaturian.  A mi alma de romántico la secuestraron en ese momento y -reí, me deslumbré, me emocioné- no la soltaron hasta que salí del cine a las luces de la calle.  

Y toda la modernidad y la pedantería, con su tontería y sus planes refinados y su adoración a los pedestales de la excelencia -ésa que no alcanzan a comprender- sobran.

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