Memoria de hormigas.
Conque ahí estaba yo, sentado en el sillón delante
de la tele supuestamente viendo “El Tiempo” pero prestándole más atención a
Facebook en el móvil. Dándome unos
minutos más antes de ir a fregar porque estaba recién comido y maldita la gana
que tenía de ponerme ya manos a la obra…
…Y para cuando han terminado de hablar de
temperaturas que suben hoy y bajan mañana o de las lluvias que pasan y las que llegan,
he pillado el mando más sin pensar que pensando y me he puesto a hacer “zapping”. No he tardado mucho en llegar donde debía, la
verdad. Un canal en el que ponían una
peli. Una clásica, y lo digo tanto para
los estándares de estos días de ignorancia como para los míos propios*.
Nada más y nada menos que “Cuando ruge la marabunta”.
Me he quedado ahí, claro.
Y seguía tirando de Facebook, entendedme. Mirando los muchos "posts" de portadas de cómics viejos
que leí en su día y que la gente no siempre tiene muy claro qué son ni de cuándo a la
hora de subirlas porque sí, mira, porque les apetece. Y porque pueden. Que, desgraciadamente, es una de las razones por la que la gente acaba haciendo
la mayoría de las cosas que hace (la otra es porque suelen… Y eso les es más
que suficiente. Ay).
Pero la mirada se me iba a la tele cada dos por
tres.
Es difícil resistirse, supongo. A ser testigo del desastre de la mala
relación entre dos personas. Yo lo evito
a toda costa con los “realities” (madre mía, ¿a quién se le ocurrió que ése era
un nombre apropiado…?), pero pico con las películas. Cada cual tiene sus debilidades y uno, entre
otras cosas, es cinéfilo desde hace medio siglo largo. Se hace lo que se puede, que no es mucho.
Y veía el choque de culturas y el continuo no
entenderse de ese matrimonio por poderes que no pega ni a tiros y resultaba
doloroso, para qué negarlo. Más sabiendo
cómo ha de acabar la cosa…
Entre reproches, calentones y desaciertos del uno con
la otra (y, supongo, viceversa), se me iba la mirada al móvil y hale, de vuelta
a la tele.
Y entonces me he fijado en cierto actor entrando en
escena…
“Ese tío. Yo
a ese tío lo conozco”, se me ha venido al magín.
Desde luego que sí.
Esa carita redonda, ese bigotillo que habría de durar décadas…
“Ese tío era Cannon”, pienso. Y sí, seguro que sí. No me sale el nombre de entrada porque uno es
viejo, tiene recuerdos para rellenar varios discos duros y las cosas no siempre
vuelven a la primera. Pero tengo
clarísimo que he dado en la diana.
Y tras idas y venidas de mi atención de la peli a
los posts aleatorios del móvil y del móvil a la peli, me llega la segunda parte
de la revelación: “Espera. Además, fue
Nero Wolfe. En la serie de la tele”. El protagonista, el detective cerebral que
nunca, nunca salía de casa porque tenía una agorafobia de espanto y prefería
quedarse entre cuatro paredes a regar sus orquídeas. No era problema. Mandaba a husmear –en su lugar- a un chaval,
un tal Turpin… ¿O me estoy liando con el
colega de Rutger Hauer en “Segundo Sangriento”?
Vaya usted a saber, claro. Pero
creo que no, que aún tiro y acierto.
Seguramente con los dos.
Al rato, miro el reloj y me puede la
responsabilidad. “Venga, Carlos. A fregar.
Que ya es hora, viejo remolón”. Y
sí: dejo el móvil, apago la tele, me levanto con cuidado del silloncito
(rodillas juntas, hacer fuerzas con mis manos sobre los brazos del asiento
despacio, despacio y controlando) y voy hacia la cocina, a lo que toca. A por el estropajo, el jabón que cunde y la
pila llena de platos y cubiertos usados…
Me he calzado los guantes de goma
(toca soplar fuerte dentro antes o a las manos les cuesta más entrar ahí que a Kirk Douglas
en aquel agujero de la mina de “Ace in the Hole”). Y al instante me ha venido el nombre a
la cabeza, toma, de golpe: “William Conrad”.
Y no, no me he molestado en mirarlo, en buscarlo en
Google. ¿Para qué? Estoy completamente seguro.
Nunca vi “Cannon”.
Pero vi al actor sonriente en la portada del TP o eso quiero
imaginar. Rara vez vi “Nero Wolfe”, pero
no importa. El tío empezaba a tener
cierto aire a Orson Welles, con la melena y la barba crecidas y pintando
canas. Da igual: en mi cabecita, no hay
duda.
“Cannon”. Uno
de “Los cuatro detectives”, que cantaba Pepe DaRosa. Junto con Kojak (interpretado por Telly
Savalas, a quien recuerdo de verlo como un psicópata y soldado de conveniencia
en “Doce del Patíbulo” en una mañana de cineclub en mis tiempos del instituto),
McCloud (encarnado por Dennis Weaver, el conductor del coche perseguido en “Duel”
/ “El diablo sobre ruedas”… Montando a caballo en la presentación de su serie) y McMillan y Esposa... Donde él era Rock Hudson; ella, no lo sé. Como he dicho, no veía aquellas series de
mitad de los setenta… Me quedaba con lo
que pescaba en los anuncios en la primera cadena –la 1, peques- y lo que apareciese
en las guías de la tele de la época. Pero aún puedo silbar la musiquilla, la sintonía de turno...
Conrad de apellido, sí.
¿Quién más lo alza en ristre en los rincones de mi memoria? El autor de “El corazón de la oscuridad”. El de "Moby Dick", me parece, pero ya empiezo a
dudar. Y aún así… No mucho.
No lo suficiente. No tanto como
para evitar dejarlo caer aquí, a la vista de cualquiera. Y repito: sin pararme a hacer la -hoy día- casi
obligada consulta en red. Total, ¿para
qué? Sólo soy yo, contándoos como andan
de acertados (o no) mis recuerdos, mi frágil entender de esto o lo otro en el
rondar del tiempo: lineal en mis entendederas, a saber en realidad. Si acierto, bien; si no, ¿a quién le importa? A nadie.
Vi “Cuando ruge la marabunta” siendo un crío, en la
tele de casa. Eran los setenta, como
digo, y todo era de momento en blanco y negro.
Se me quedaron dos escenas: la del vigilante de la espuerta de la gran
acequia, que tiene la mala suerte de que las hormigas lo pillen durmiendo… Y
que sólo despierta para gritar y morir.
Terror del tremendo para aquel pequeñajo que era yo: la clase de cosa
que te acompaña hasta el fin de tus días.
Y, desde luego, la resolución de la historia: con Heston corriendo a
hacer volar la presa, mordisqueado y todo… Pero, al final, la jugada le sale
bien. Demasiado bien. Vive, salva lo que queda de hacienda y hasta
consigue que aquella señora rubia, conmovida por la tontería del acto, le dé… No sé si una segunda oportunidad; un tiempo,
al menos. Y ya saldrá la cosa como haya de salir. De no creérselo, pero… Qué queréis.
La vida tiende a no ser ni razonable ni justa ni nada por el estilo y
quién diga que ese epílogo de cine no es creíble, que le eche un vistazo al
mundo y luego, si la vergüenza no lo enmudece, que me lo repita.
Dicen que la energía no se crea ni se destruye, que
sólo se transforma. No lo tengo yo muy
claro. La entropía algo tendrá que decir
al respecto. Y, como se le escapaba en
aquella tira al bueno de Guille -el hermanito de Mafalda**- cuando llegaba y veía el mar por primera
vez… “Todo esto llegó aquí cuando se
pinchó… ¿qué cosa?” Pues eso.
¡Ay, lo de Guille!
Que, por cierto, tiene su eco en aquel principio creo que del remake de “Recluta
con Niño”, la que ya venía en color y con Alfredo Landa en la Marina (pues lo acababa de llamar). Con aquel cavernícola que mira desde un
acantilado hacia el océano y piensa, una travesura medio en off, medio no: “Madre,
¡cuánta agua!” Menuda risa…
Y sí, me da igual que la peli sea anterior (o no,
ahora mismo casi lo dudo***) a la tira en tinta sobre blanco. Grandes mentes crean grandes chistes y hasta
sin conocerse se entienden a la perfección, ¿para qué darle más vueltas?
¿A qué viene este jeribeque en el discurso? A que la memoria es como nos cuentan: muy a
corto plazo para lo que usamos todos los días, claro. Y luego está la otra, la del plazo más largo,
la del baúl de los recuerdos. “Si es que
lo tengo en la punta de la lengua”.
Suele ser, sí. Y al poco,
catapún, toma Jeroma. Sale y como
debe.
Un par de veces he vivido invasiones de hormigas en
casa. Ya lo conté en mis memorias de
maestro. Con la tormenta desatada ahí
afuera y por dentro mío, el escalofrío del horror atávico de ese recuerdo en
blanco y negro del tío de la caseta, ése al que se merienda lo inevitable.
Bastante valientes hemos sido.
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NOTAS APARTE:
* Chachiguays y muchísimo más fiables.
** Quino: gracias de parte de toda la humanidad.
*** El orden cronológico de presentación en sociedad de las genialidades no siempre es aquel con que cada cual las descubre, las recibe y -sobre todo- las DISFRUTA.