Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 01 / Una declaración de lo más romántica.
¡Estoy harta de las novelas de templarios!
Y de las de conspiraciones y de las
de artistas del Renacimiento dejando mensajes cifrados escondidos por todas
partes: detrás del forro de sus cuadernos de dibujo, en el relleno de los
ravioli que cocinaban los domingos, bajo la tripa de una hucha de
barro... ¡Oink!
Están llenas de
complicaciones. ¡Versos en escritura especular! ¡Adivinanzas
urdidas por matemáticos zurdos! ¡Diarios de idiotas! ¡Idiotas sin
diario!
Muchas llevan planos, lo mismo del
Jerusalén de tiempos de las cruzadas que del metro de Moscú en 1967...
¿Para qué? ¡Si hasta me cuesta
encontrar las escaleras mecánicas en los grandes almacenes!
No puedo más: estoy asqueada.
De los tesoros de mentirijillas, de los nazis, de declinar verbos en lenguas
muertas... Y de que al protagonista le dé por parar la historia,
describiendo boquiabierto y babeando cualquier maldita postal de guía turística
durante más de cinco páginas:
"...Hallé al rato el
Bajorrelieve de San Barbilán Haciendo Bolillos. Contemplé lleno de
ternura cómo le colgaba el labio inferior, la nariz tosca, los párpados
redondos a media asta; perdida su mirada en el ir y venir de las supuestas
maderas y los hilos, laberinto de Ariadna en los gruesos dedos de piedra.
Leí en su tejer la palabra que atormentaba mis sueños desde hacía seis noches:
‘capibara’. Sí, sí, ahí estaba, inconfundible pese a la adusta letra de
rasgos góticos y el desgaste de cientos de años de besos píos, los de miles y
miles de peregrinos. Me temblaron las canillas. Alargué la mano
trémula deseando un milagro, una liberación... Por debajo del puño de la camisa
asomó el reloj que me regalara Perla Mae el día que me operaron de golondrinos
recurrentes y rompí en lágrimas, hundido en un vértigo de añoranza y hambre: la
hora de comer había pasado hacía un buen rato...”
Pero, a ver, ¿qué tiene esta gente
contra los párrafos cortos?
Me hastía y me repudre no encontrar
sentido del humor ni –qué más querría- sensibilidad alguna. Ni, ya puestos, la
menor pista que sugiera que el uuuuurgh llamémoslo
“autor” escribió aquello porque le apetecía.
Me llamo Pam Pecker. Vivo en
Londres. Y a cambio de unos billetes al mes, trabajo para una editorial
como lectora de manuscritos originales.
Figúrate lo que me echan al correo.
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¡TE LEO, CIELO! © 2009, 2025 Carlos Pueyo Montañés