Quieto.

Algo de silencio en casa.  Pararme a respirar en condiciones.  

Quizá el hecho de haber llegado a un acuerdo conmigo mismo para grabar ese vídeo y subirlo a red...  

Dura veintitrés minutos y veintitrés segundos.  La toma, tal como salió; pues pesa tanto que no puedo editarla en mi portátil.  Crudo, directo, lo que hay.  Costó hora y media subirlo.  Yo lo he visto cuatro veces.  La duración media de la atención que le ha dedicado la gente que lo ha visto, mi menda incluido, es de ocho minutos y unos segundos.  He echado cuentas y dudo que alguien, aparte de mí, lo haya visto entero.  Creo que han visto cinco minutos de media y lo han dejado correr...  

Y el caso es que eso me entristece, pero sólo un poco.  Porque tengo claro, cada vez más, que nada de lo que haga os importa.  NADA.  Estáis en vuestro derecho, por supuesto.  Quizá en algún momento sentís curiosidad, pero nada más.  Y, ¿sabéis qué?

Que es liberador.  Que no necesito esforzarme nunca más.  Que no merece la pena.  Que ese deseo mío de compartir cae en saco roto.  Que, de vuelta, trae poco reconocimiento.  Agradecido por ese poco, la verdad, pero quizá no haya que luchar por ello.  Y es un alivio.  Observad, por cierto, que he tenido la contención de no poner ni un adjetivo ni medio delante de esa palabra, "alivio".  Así.  Madurando.

¿Qué más?

Haber lavado mis ropas del invierno con la intención de dejarlas ya en el armario...  Mi abrigo de salir a la calle y la chaqueta gorda de andar por casa.  Ya sé que todavía puede hacer fresco o hasta frío.  Pero la pinta que tiene el tiempo, de momento, es la de que toca ir haciendo cambios.

Prepararme algo de comer y fregar luego.  Quitar el polvo, pasar la mopa.

Ver alguna película de los noventa en la tele y disfrutarlo...  Intentando no pensar en que tienen ya treinta años y por eso me gustan: primero porque las he visto (o parecido) y segundo, porque están hechas con oficio y yo, al menos, lo agradezco.  Entretenimiento del bueno.

Esas son las cosillas en que he ido empleando el tiempo y que me han hecho sentir humano, sólido -y no sé si "digno"- en las últimas dos o tres semanas...

¡Qué cáscaras!

Contento, satisfecho, sí: hasta orgulloso.

Todavía presto atención a las voces del apocalipsis (no me da la gana escribirlo con mayúscula inicial), las que piden -porque sí y a discreción- que se les dé novedades y se les rinda cuentas.  Uno es humano y los viejos hábitos, por odiosos que resulten, no siempre son fáciles de vencer...  Pero, cada vez más, acabo por hacerles el vacío y darles distancia.  No menos de lo que merecen; y eso...  Siendo muy, muy, muy educado.

No duermo como me gustaría, pero ya se verá: a ver si lo mejoro.  No tengo voluntad para vencer la ansiedad y lo sigo pagando comiendo por dos o por tres (y muy rico, todo hay que decirlo).  De momento, ahí, sin éxito.  Pero para alguien como yo, que ahora mismo se valora muy poco (seguramente lejos de cuanto debería), carece de fuerzas y no ve solución, no está tan mal.  Casi podría hacer uso de la vieja cantinela: la de "voy tirando".  Y tan fresco.

Parece que han caído unas gotas ahí afuera.  Pues menos mal, oiga.  Y, al final de la tarde (y pese al fondo de oscuros nubarrones), el sol ha dado de lleno en las fachadas de allá enfrente, dorándolas.  Y ha acariciado la que queda al sur; las cajas de los aires acondicionados, refulgentes...  Y sus sombras, largas como la paciencia del planeta en su vagar por el frío y hostil exterior, eso que los idiotas se limitan a llamar "el espacio" (como si ellos ocupasen -qué queréis que os diga, un desperdicio- algo distinto aquí, en la parte baja de la atmósfera terrestre).

Bienvenido a la primavera, me dice esa luz de las ocho de la tarde.  Con el verdor sin límites que asoma en las copas de los árboles, de todos los árboles, es la mejor prueba de la llegada del tiempo nuevo...

Uno que va exigiendo una actitud diferente, también a estrenar.  "Finge que mueres y resucitas": la metáfora de la naturaleza.  La historia -pues somos así, todavía nos pesa el animismo- del ave fénix.  Volver a empezar, que dijo en su día Garci (y bien dicho estuvo).  

Cambia.  Prueba unos trucos nuevos.  Sé distinto.  Sé listo.  Si no te has escondido en una crisálida, hazlo rápido, sufre la transformación y sal como algo más o menos inesperado; con suerte, algo deslumbrante.  Deja que te sirva mientras lo disfrutas.

Es lo engañoso de la crisálida.  Da la impresión que estás quieto ahí adentro.  Muy quieto.  

Para acabar rompiéndola y quitándotela de encima; para dejar que se sequen tus alas y volar, que son cuatro días.

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