Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 39 / Panem et circenses.
No entiendo por qué Paulina Spadetta, la reina de la
nata y la salsa de arándanos al aguardiente viejo no ha mandado a paseo los
artrópodos con mal carácter y las gallináceas de gran tamaño para pasarse al
obrador de pastelería, que es su hábitat natural; tanto como el espacio para
los astronautas, las hojas de morera para los gusanos de seda y las plazas de
aparcamiento para discapacitados para el coche de mi tío Ignatz (una sabandija
sin corazón, sin principios y sin garaje propio).
En la Urraca Nuclear, toda la parroquia anda ahíta de
tarta a los tres chocolates con hojas de menta salvaje en baño de nata
bautizada por el clipper, guarnición de compota de Esas Frutas Tropicales Que
Tan Bien Casan Al Gusto incluida.
A los dueños les encanta, porque no paran de servir
bebidas para hacer bajar ese montón de azúcar. Hace un rato, los he
sorprendido calculando cuánto costaría montar un ceremonia de agradecimiento
para Spi: podium, banda sonora triunfal y go-gos masculinos incluidos.
Porque las chicas del Can Galán no faltan a su cita ni un jueves, y la amante
de los postres siempre se trae unos cuantos experimentos de los de perder la
cabeza.
Se ha corrido la voz y el pub rebosa.
Curiosamente, hay más mujeres que hombres, complejo de culpabilidad (por tanta
tarta ingerida) incluido y desbordando. No obstante, siempre hay algún
pedazo de tiarraco que se acerca con la excusa de comentar el exquisito sabor
de los dulces, nunca con algo más elaborado que un "Pues está bueno
esto". Los más creativos y los lanzados suelen aprovechar para dar
un repaso de rayos-X de arriba a abajo a las peluqueras de mascotas.
-¡Grandes Felinos Misteriosos! ¡Enhorabuena,
Pam, ya estás en lo freakie de lo raro! -me felicita con abrazo y a grito
pelado la buena de Randall. No me acostumbro a pensar en ella como
Berry. Para mí, es tan urbana...
-Desde que aprendí las primeras letras siempre quise
llegar a esto.
Nos reímos a gusto, bailamos juguetonas poniendo a más
de uno a juego con el verano, hinchamos los globos que ha traído Merriwee y los
hacemos silbar el aire poniéndoles boca de buzón. Todo es diversión y
alegría, triperío y planes calenturientos.
Susan lleva una corona de cartulina dorada que alguien
se ha molestado en calcular, cortar y pegar. A lo mejor, la propia
Susan. Pero esos detalles suelen perderse en la efervescencia de la
fiesta, ¿verdad?
Me podría quedar aquí durante días pero, seamos
realistas, la ilusión de haber llegado al paraíso de la indolencia necesita un
esfuerzo colectivo sostenido. Lo que, por definición y por sentido común,
no existe. En un par de horas, la fiesta decaerá. No importa.
Me despido de Susan, sonrisa de cuarto creciente y
lágrimas asomándole a los ojos.
-Oh, Pam, un año más vieja. Gracias por venir,
las otras niñas de la guardería querían pero se lo prohibieron sus madres...
Le empieza a hacer falta un café. O un caniche
con la permanente deshecha.
-¡Nos vemos! ¡Paulina Spadetta, por Dios, guarda
lo de la cuarta nevera para tus vecinos!
No me cruzo con Jill de camino a casa de Ben.
-Dime que me has traído un poco de tarta de Paulina
Spadetta.
-Sí, te he traído un poco de ese crimen contra la
salud.
-¿Cómo va a ser un crimen algo tan rico? Si es
cuestión de tomar sólo un poco, y... Ah, vale. Ya veo el
problema. ¿Cuántos platos te has tomado?
-Tres... Bueno, cuatro. Deja de reírte,
Ben.
Durante la sobremesa con los Sirsinia,
Nick Ziro me ha pasado un par de entradas para el concierto de esta
noche. Ben resulta ser un forofo de su nueva etapa, la ñoña, así que
salimos volando para no perdernos la actuación.
De teloneros van los Raw Raw Raw, antes de eso The
Hurraers, antes aún La Hermandad de la Copa a Hombros. Oímos sus intros
cañeras desde fuera del estadio. Esto está a reventar. Pasamos el
cordón de puestos clandestinos de camisetas, gorros, piscolabis y parches y nos
metemos a buscar sitio.
La verdad es que después de meterme con Ben por el
camino poniéndolo de nenaza, resulta que los Sirsinia de ahora me gustan.
Saltamos, coreamos estribillos previsibles y aprendidos sobre la marcha,
agitamos puños en el aire cuando toca. Pero el momento mágico llega
cuando, en medio de un riff de guitarra de los gemelos Plengo, el increíble Roe
señala desde el escenario en mi dirección (¡EN MI DIRECCIÓN!) y aúlla mi
nombre. La multitud le responde con un coro arrollador, cuarenta y pico
mil voces a una sin saber qué dicen, rodeándome, haciéndome encoger de la
impresión. “¡PAM PECKEEEEEEEEERR…!”
Es la apoteosis final. Los globos caen a
montones, la peña intenta pillar alguno, las luces del escenario bajan su
intensidad y viran a azules más suaves antes de un gigantesco flash final que
nos ciega a todos.
Intento pasar a la parte de atrás del escenario a
saludar a los chicos, pero hay demasiado guarda de seguridad con instrucciones
muy precisas y no lo conseguimos.
Ben y yo tendremos que consolarnos buscando fotos en
la red. Yo le volveré a contar el almuerzo surrealista y luego
desvariaremos con la transfiguración de Roe, el cantante.
La noche nos envuelve de vuelta a casa, acogiéndonos
en la discreción de sus velos: un hogar para los amantes.
A falta de dos manzanas para llegar, Ben recuerda algo
importante.
-Ahora que trabajas con el ínclito DeMoors, ¿me
acompañarás al cine a ver "Sabios de Oriente"?
-¿Aún la echan?
-Es la película del verano.
Sonrío. Qué vida ésta.
-No sé. Si querías verla, ¿por qué no has ido
ya?
-Entonces hubiera sido como traicionarte. Pero
ahora, quién sabe; quizá hasta sea parte de, bueno...
-¿El qué?
Ben me aprieta un poco la mano. Hay una dulzura
avergonzada en sus ojos...
-Tu epifanía.
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