Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 33 / Pasando cuentas.
“Morlaco"
Berzinski se lee varias veces el artículo repantingado sobre su viejo sillón de
cuero (y pone cara de perro traicionado cuando la lavadora empieza a
centrifugar, pero sólo le dura un instante). Usa un rotulador rojo de
punta fina para hacer rápidas notas sobre lo escrito. Por fin, se
incorpora, deja las cuatro hojas del artículo extendidas sobre la mesa, bien a
la vista, y se queda un rato meditabundo.
Vuelve a
abrir la carpeta del dossier de Harmey Manor, cuenta las hojas, apunta números
en el bajo de las páginas que le he entregado y acto seguido guarda todo el
material de vuelta en el archivador metálico.
Por fin,
pica unas cuantas veces con el cursor en la pantalla del ordenador.
-El correo
electrónico ha llegado limpio y completo.
-Esa es
la idea.
-Esa es
la idea.
Recoge
los recibos de los gastos: el ticket de la gasolina que me entregara Rebecca
cuando salimos a la aventura, los de la comida en las afueras de Nottingham y
los dos pelotazos de brandy con cola que me hicieron falta para volver a mi ser
antes de tirar de vuelta.
-Las
facturas del psicólogo te las iré enviando a medida que me las den.
"Morlaco"
sonrió.
-Qué
va. Mujer enamorada, experiencia no violenta... Todo es más de sueño que
de pesadilla. Dime que aún te dura el susto.
La verdad
es que con la excusa aún me acurruqué más en brazos de Ben anoche.
Y, cierto, el fantasma del celador no daba nada de miedo. Era un señor
encantador. En todos los sentidos posibles, claro.
Le eché
un broncazo bestial a Rebecca por dejarme sola, pero ella tenía sus motivos:
-Venga,
Pam, si así era la única manera de convertirlo en una experiencia
personal. De las que pasan una vez en la vida, de las que cuentas una y
otra vez y te distinguen de la multitud...
-Sí:
están ellos y estoy yo, la de la camisa de fuerza. Espera, empiezo a ver
que ellos también llevan camisa de fuerza. ¿Te gustan las duchas frías,
Rebecca? ¡A mí, no!
-No ha
pasado nada.
-No ha
pasado nada malo que sepamos aún. Estas cosas marcan mucho. Un tío
abuelo mío perdió los dientes con el stress de los cañonazos en el segunda
guerra mundial. Se le fueron cayendo uno a uno. Curiosamente, nunca
dos consecutivos cayeron seguidos. Esto no son cañonazos, Becks.
-No, esto
es agua pasada.
Por
supuesto que tiene razón, pero me siento traicionada por mi propia arma
secreta. Como para comprar lotería a medias...
-No será
necesario, a ti te llega la prosperidad a través del arte.
Resoplo.
-¡Deja de
leerme el pensamiento y de contárselo a... A quién se lo estás contando?
-Como si
no lo supieras.
Creo que
voy a dejar de ver una temporada a Rebecca.
-Total,
estamos tan ocupadas ahora con nuestros chicos...
¡Arrea!
Parece
que "Morlaco" ha avisado a Randall. Bien por el secreto profesional.
Pero claro, como ellos son de Dover (quizá tú, quizá yo. Quién sabe)...
-Chica,
Pam, perdona. Nos juntamos luego, las bebidas y la tarta corren de mi
cuenta.
-Pero ¿tú
sabes dónde me metiste...?
-Sí, sí,
vale. Por si sirve de algo, Bob dice que hiciste un trabajo
excelente. "Escrito como una periodista de verdad", y eso
chorreando satisfacción, el tío.
Al
parecer, y por lo que cuenta Randall, "Morlaco" sabía cosas sobre la
actividad espiritual en Harmey Manor. Sabía que los viejos fantasmas dejaron
de verse durante años después de que alguien montase un exorcismo de los duros
a principios de 1946. Que las psicofonías eran más falsas que una
pastilla de jabón moldeada en plastilina. Que los testimonios de los
últimos sesenta y tantos años eran demasiado precisos y convenientes...
Menos los que no tenían de protagonistas a ricachos emperifollados y con rictus
de sufrimiento. Y se olía que donde hay mercado, pues a lo mejor el que
tuvo retuvo.
-Que no
es tanto el lugar como la huella que dejas en él.
Y que un
año después de volver del frente, un tal Arthur Higinius Loop encontró trabajo
de cuidador de la mansión. Que vivió feliz allí porque es donde conoció a
su novia y tuvieron su breve idilio, hasta Abril de 1948, cuando a la vida le
pareció que Arthur ya había tenido suficiente y lo abandonó mientras dormía,
sin más causa que pudiera concretar el médico del pueblo que el consabido
"causas naturales".
-Una vez
más, el amor es la fuerza más poderosa del Universo -susurra Ben mientras me
besa junto a la oreja.
-No está
bien.
-Tienes
razón -me concede, y se inclina hacia mis labios. Lo aparto,
picajosa.
-Ups.
-Venga
ya, ¿menos de dos años? ¿Esa es la felicidad que se merecía? -Estoy
rabiosa y a punto de lágrima. Ben se me queda mirando pasmado. Y al
fin, el llanto rompe angustioso, desbocado. No puedo más. No puedo
más.
-¿Por qué
tengo que perderte...?
Ben me
abraza fuerte. Lo admito, está llevándolo bien. De nueve y medio.
-Si eso
no va a pasar. Sssh...
Pero no
puede consolarme. Lloro y lloro, inconsolable. Él no me
suelta. Al fin, me vencen la pena sorda y quieta primero, y después el
sueño.
Afuera, arriba, las estrellas viran lentas en el cielo sin importarles el Destino de la gente.
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