Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 29 / Las complicaciones de Ben.
Es
curioso lo barato que resulta el amor.
Quiero
decir, vale: puedes apuntarte a un crucero. Puedes ponerte de punta en
blanco para salir por ahí un sábado por la noche; jolines, incluso un lunes por
la noche. Puedes gastarte una pasta agasajando a tus conocidos con
champán y marisco. Puedes reservar un palco en la ópera, atormentar a los
vecinos con lo que sea que salga cuando pretendes tañer el laúd en plan juglar
de la antigua Aquitania o viajar ex-profeso a Nueva York para darte un garbeo
en calesa por Central Park una mañana de primavera.
Puedes
gastar todos tus ahorros así y hasta necesitar préstamos de bancos, de usureros
telefónicos, de tu tía Gina de Glasgow y hasta de los fondos de la empresa si
tienes gancho con esa contable tan seca, tan alta, tan sola... No
importa. Puedes pintar de azul tu puerta, puedes mandarte telegramas a
barullo con los versos de los más inspirados poetas. Por muchos signos de
romance que pongas en tu vida, ninguno tiene la gracia de los sentimientos de
dos bobos que pasean cogidos por la mano por la calle -¡cualquier calle!-
tropezando con todo el mundo y sin darse cuenta de nada.
Porque a
ellos las horas se les van como los perdigones en una escopeta de feria: apenas
un temblor de vez en cuando, cosa que no es mala señal. Y el resto es
aire pintado de rosa pálido y melocotón. La luz de la tarde es oro puro;
la llegada de la noche, un guiño a su intimidad. Y la mano del otro un
ancla en la Tierra de los Totalmente Felices. Y por mucho tiempo.
Por
supuesto, cuando digo ellos, me refiero a nosotros. Ben y yo.
Dejémonos
de tonterías: no hay reglas. Si alguien te entra por el ojito derecho,
pues ya está.
Desde que
leí el original de Adivina mi cumpleaños me quedé coladita por
el señor Ben Least, de Earning Street, flores y verdor en general.
Y luego,
fue verlo en persona al día siguiente (cuando lo visité con Jill) y respirar
aliviada: un aspecto aceptable y el chispeo de inteligencia salpicando su
sonrisa y su mirada. Claro, en los tiempos que corren (más o menos desde
el Alto Paleolítico hasta nuestros días), servidora no se tira de cabeza a por
lo primero que le cascabelea en el sentido del gusto (que es más amplio que el
mero asiento de las papilas gustativas porque sigue un camino errático por todo
el sistema linfático, pasa a hundirse en las tripas bajas, salta a la médula
espinal y acaba en el cerebro primitivo entonando su Hunga Hunga Hunga).
No,
gente, no; tal como está el patio, una se miente automáticamente.
"No me interesa, le paso la nota a la de archivos".
Y dejamos
enterradas en la memoria toneladas de chorreos de hormonas y datos, datos,
datos. El que inventó las agendas (seguramente el Conde de Agenda o el
Marqués de Todos los Miércoles, no me voy a molestar en mirarlo) tuvo la
intuición correcta: necesitamos organizarnos. Porque la maquinita que
llevamos de serie rula, pero hay que ver lo mal que hila tanto apunte después
de décadas de negación, miedo, orgullo y estupidez prendidos en la solapa como
medallas.
Ben y yo
deambulamos abrazados de la cintura por las calles de la ciudad más grande de
Europa (usemos el Continente si nos conviene para echarnos el pegote).
Miramos las ardillas gorronear miguitas de meriendas en Russell
Square, nos sentamos en la escalinata de San Pablo para cotorrear sobre la
incapacidad de los turistas para doblar planos grandes y suspiramos apoyados en
el barandado del Puente del Milenio mientras el cielo se tinta con los tonos
del crepúsculo. Arruinados entre mi pérdida de empleo y la espera de Ben
a ver si cae un editor que abra el grifo y alivie el ir justito de los ingresos
de la floristería, almorzamos de bocata. Bendita sea esta ciudad, con
toda su variedad de picoteos y matahambres...
Jill se
ocupa de la tienda. El trabajo se la come, pero lo soporta con gracia de
madonnina renacentista. Gracias, tía. Hacía... ¡Buf!, que no tenía
un novio como es debido. Y me parece que el pobre tiene ahora mismo la
cabeza demasiado llena de cosas nuevas por atender.
Imagina.
Nueva carrera, nueva novia -c'est moi- y una nueva visión de la Ciudad de la
Lluvia. Sorpresa, ha salido el sol y hasta parece oírse una musiquilla
tontorrona a lo lejos...
En
fin. Mientras el sensacional Ben y yo disfrutamos de la vida sobre la
tierra, en los recónditos huecos secretos de la cabecita de Jill se trazan
líneas de setos, estanques de agua transparente y macizos de rosas.
Adornados sin prejuicios con sus habituales toros alados, o megalitos,
o... Ecos de los jardines colgantes a orillas del río Éufrates. Y otros
secretos: cómo mira a escondidas libros de los gordos llenos de fotos,
recuerdos ("Una vez visité los de Boboli, hace muchos años, en un viaje
con la gente de la facultad..") y estudios nuevos.
Mientras
Jill desvaría pintando verdor sobre enormes pliegos de papel crujiente y
delicado, Ben y yo nos tumbamos sobre la hierba en Hyde Park. Cerramos
los ojos y nos oímos respirar.
-Es como
cuando era un chaval -se le escapa a Ben al rato. -Después de escapar por
los pelos de los matones de mi escuela, me dejaba caer redondo y simplemente
apagaba la cabeza, disfrutando de seguir vivo.
Me giro
en silencio y tomo pose, el brazo izquierdo clavando el codo en el suelo y el
puño de base para mi cabeza; el brazo derecho yaciendo indolente sobre las
curvas del perfil de mi cuerpo, ese pedazo de triunfo de la biología que ahora
mismo reposa magnífico y libre, carente de cualquier complejo anterior.
Todo olvidado.
Y otros
recuerdos, los suyos, los de mi Ben, saliéndole de los viejos diarios del
espíritu.
-Yo no
era de los de fútbol diario, era de los otros. Los nadies. Los que
le pegaban fuego a la imaginación sólo para ponerla en marcha y fabulaban, de
los que jugaban a tener aventuras en la jungla y en el espacio exterior, de los
que dibujaban. Chica, cuánto dibujábamos... Naves y leopardos y
emblemas de cuerpos de élite de un ejército ficticio, el nuestro, siempre en
peligro, siempre heroicos...
Está
lanzado.
-Hoy....
Hoy se ha perdido la idea del héroe. Ya no es el valiente que se juega la
vida por salvar la de los demás; los periódicos y la televisión han corrompido
la palabra. Hoy en día, para la mayoría de la población, héroe es el
jugador que marca gol en un partido de gran rivalidad. Es una pena.
Perdimos lo sublime.
-No lo
perdimos, se guarda en tarros pequeños.
Sonríe.
¿Está emocionándose?
-Difíciles
de encontrar.
-Tenías
sueños...
-Como
cualquier otro. Me enamoré de mi compañera del jardín de infancia.
Era mayor que yo -vuelve a sonreír. Creo que le apunta una lágrima.
-Quizá un mes mayor -y rompe a reír.
-¿Cómo se
llamaba?
-Amalia.
-De eso
hace...
-Treinta
y tantos -se encoge de hombros. -Creo que siempre fui enamoradizo...
-¿Sí?
-Ya lo
creo. Otra chica más en el colegio. Una profesora del instituto y
otra de la universidad...
-¿Te van
las maduritas? Me siento vejada... Eh, ¡nunca mejor dicho!
-...Y
montones de otras chicas; a los quince, me duró un año. A los dieciséis,
me duró tres. A los dieciocho, me hice un auténtico lío; la de los
diecinueve, la de los veintidós (¡cómo me dolió aquella!), la de los veintitrés
(¡y ésta otra...!)
Me
incorporo un poco. Le pongo gesto de reproche.
-Así que
eras un Don Juan....
-No,
querida. En la mayoría de los casos, sabían que sentía algo por
ellas... Y en la mayoría de esa mayoría, se me desanimaba más o menos
amablemente.
-Pobre
Ben.
-Sí,
Pobre Ben.
-Déjame
adivinar. Conciertos.
-Alguno
que otro. Había que seguir probando...
-Je.
Concursos: unos cuantos.
-De
todo. De dibujo. De disfraces. Cantando en el karaoke...
-¡Por
Júpiter...!
-Pues sí,
Pecker. Lo que oyes.
-Tus
gorgoritos, como si pudiera impedirlo. ¿Y de escritura?
-Hice de
todo: canciones, teatro, cuentos...
-Todo muy
pasional, seguro. Todo muy oscuro; lo que importa es lo que yo lleva
dentro, con que lo entienda yo basta.
Se vuelve
hacia mí. Los ojos traviesos le brillan de admiración.
-¡Muy
bien, Pecker! Eres la primera de la clase.
-Dame mi
premio.
El aluvión de arrumacos hace vomitar a los gorriones desde las ramas más altas. No nos importa.
---