Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 27 / Telecomedia.
-He recibido tu mensaje -jadea Ben en medio del área
de cuidados urgentes del Gan Galán.
-Ya -asumo yo, asintiendo. Llevo un chihuahua en
brazos al que las horquillas en el rabo hacen más gordo. Se llama
"Picantillo" y trae grabado los nombres de sus padres -y un abuelo-
en la pesada chapa de oro que le cuelga del collar. Pedigreequeza.
A nuestro alrededor, ambiente. Un trasiego de
gatos egipcios finos como la factura de la luz y de caniches borrosos en medio
de nubes de perfume caro. Peticiones de hora solemnes, cambios de rulos
de mano en mano, un hilo musical orgulloso de la música barroca; la viola y el
clavecín interrumpidos por breves asaltos de rock punkarra (la pauta de idas y
venidas se me escapa).
Merriwee se esfuerza en darle un toque cardado al
cogote pelado de un galgo afgano viejo como la tos -una antigüedad-; Randall la
de Dover le frota los bajos del caparazón a un galápago del tamaño de una
sandía desde su foso de taller mecánico; Vera Paulina Spadetta sonríe porque ya
no es "la nueva" -adivina a quién le toca ahora el estigma-
y es la última vez que les pasa la esponja a los escorpiones de colección de
Lord Pitcock, brillantes las quitinas negras y rojizas, afiladas las pinzas, un
corcho en cada aguijón y la aprensión por bandera durante horas y horas
después, hasta en sueños.
En el puente, Susan ladra a diestro y siniestro al
escuadrón minino, tres tías sosas con los párpados pintados de colores pastel
hasta mitad de la sien, tres rumiantes de las de chicle gastado en exploración
hacia los confines de las encías; petardas de reglamento pero obreras de mano
suficiente para despulgar persas grises (esos monstruos compuestos por un
cerebro reptiliano, la mezquindad de la querida de un directivo de TV y un
montón de pelo alrededor. Como el abrigo de la querida. Y su
cerebro... Agh. Estoy divagando).
-No hacía falta que vinieses corriendo -digo, más que
nada por darle tiempo a recuperar el aliento. Y no es verdad: me
gusta. Me hace sentir atendida. Importante.
-Cierto, esto no tiene pinta de ser una emergencia
-sopla y resopla, evidente su falta de fuelle. -Pero, qué quieres, chica.
Es un reflejo que tengo siempre que se dispara el contestador y se oye un
"Socorro" chillón. Se me destemplan las tripas y salgo
corriendo.
-No sabía cómo elaborarlo en ese momento.
-Nada, es igual. Un lapsus de la capacidad de
redacción. Le pasaría a cualquiera. A mí me vienen por docenas, es
cosa de ponerme delante de la página en blanco y hala, lapseando... -resoplido
tibio. -Lo de las tripas me suele hacer perder unos minutos preciosos, lo
confieso.
-Tampoco pretendía asustarte.
-Tonto de mí, cómo ponerse nervioso por tan poca cosa.
Le he sonsacado a Jill dónde encontrarte.
-Traidora...
-Le he pasado el mensaje una vez y ha salido pitando
-sí, ella también- a apuntarme esta dirección en un trozo de papel de envolver
ramos. Con instrucciones.
-Instrucciones.
-¿Cómo eran...? Ah, sí -¡Zaca!, me suelta un
collejón de concurso. -"Y que no lo vuelva a hacer". Perdonarás
la crudeza, pero me ha hecho jurar que cumpliría (por la licencia de la
floristería). Y me ha dejado claro que si no pasaba el mensaje, me lo recordaría
a la vuelta...
-Nah, tranquilo. Eso es Jill en su estado
natural -me refroto la zona dolorida. -Sin duda.
Randall la de Dover pasa el galápago a la zona de
secado y se apodera de un periquito histérico como por arte de magia. Su
dueña parpadea en shock al descubrir una revista de interiorismo superexclusiva
donde antes tenía una jaulita con un bicho blancoazulado, todo chírpirri y
chárparra. Vaya, qué salón tan cuco...
-Me alegro de lo de tu agente.
-Sep. Es mutuo.
-Y de que tenga los ojos bonitos... Azul acero,
si no me equivoco.
-Pam, se te va la perola. Anda, escupe.
-Oh, no se iba a notar en este suelo, la verdad.
-Acerca de lo que pasó el otro día en casa de la
Muerdehierros...
-Ese nombre es tan grosero e injusto...
-Cierto. Se lo pusisteis vosotras.
-Rebecca.
Ben se desconcierta un poco más.
-¿Qué?
-Se llama Rebecca. Sólo necesitaba resolver
algunos asuntos...
Ben suspira.
-O sea, como todo el mundo.
-Eso. Jill y ella han hecho las paces.
-Algo le había notado. Una especie de falta de
la tensión habitual.
-Jill en estado de beatitud.
-¿En serio?
Lo miro con ojillos duros. De los de poner las cejas
en V.
-Por favor, Ben.
-Bueno. De ahí a la santidad aún le queda un
trecho, pero lo soportaré. Pam...
-Estoy muerta.
Ben me da un repaso calculador de arriba a abajo, me
coge de la mano y me lleva a sentar a la sala de espera de El Can Galán, donde
las cuidadoras de salario mínimo (hoy dos; jueves, viernes y sábados, tres)
hacen de canguro para el montón de animalitos que sus odiosos dueños han
abandonado ahí sin remordimiento ninguno, todos deseosos de hallar a sus
mascotas renovadas, relucientes, relechosas: anuncios vivientes de
zooestética.
Ben saca de su modorra a un bulldog pasándolo con
manos de ángel de su bancal a una alfombra mullida. El bulldog lo contempla con
mirada dolida unos segundos; luego, vuelve a hacerse un paquete de arrugas
roncante.
-No era el viejo chiste, ¿eh?
-Me temo que no. No. Y es raro, estoy
viva. Quizá por lo mismo.
-Schrödinger se lo pasaría pipa contigo. -repasa
el caos de la habitación un momento. -Él traería a su gato aquí para hacerle la
manicura, seguro. O no.
-Vale, lo que sea. Oye, Ben... Han sido
unos días de locura, ¿eh?
-Puedes jurarlo.
-Es sólo que de tanta confusión, tengo un montón de
cosas clarísimas.
-Austríaco, ya te lo supondréis gastando ese
apellido... Me refiero Schrödinger. Su nombre de pila era Erwin,
¿te imaginas? -suelta Merrywee, una de las peluqueras. -Le pega ir
de chaval paseándose por la Viena de Strauss, entre jardines y bigotudos.
Ben me mira, completamente descolocado.
Suspiro. Miro al suelo. Le miro a él.
Y me sale como el agua de una fuente.
-Te quiero, Ben.
El silencio a continuación es tremendo. Oh,
siguen sonando los chorros de agua y el zumbido de los secadores, el chasqueo
de ritmo rápido de las tijeras, hasta el ocasional rulo que vuelve a la caja
con los demás ("¡Hola, chicos!"). Pero no se oye nada más, ni
una palabra, gañido o maullido. La tortuga suspira algo así como un
"Al fin". Todo el aire es un campo vectorial y mis labios su
centro.
-Te quiero. No, ni una palabra. Qué sé yo,
Ben. Porque eres lo que he esperado toda mi vida. Y me ha hecho
falta perder mi empleo, una crisis de nervios y acudir a una adivina loca de
dolor por su alma rota para darme cuenta. Y, y, no tengo ni idea de qué
va a pasar mañana, ¿sabes? Porque Adriana...
-¡A ver, fanáticas de la repostería, con más energía
ese despulgue!
-... Da la casualidad que suele traer aquí esa birria
de chucho de cincuenta mil libras que se le mea de vez en cuando en el
visón. Y es íntima de la dueña que, mira por dónde, hoy ha venido.
Estoy despedida. Incluso ha fingido que le he replicado algo ofensivo...
-¿Y mentía?
-¡Bueno, sí! Pero luego he decidido poner al
Universo a tono con su versión. Es igual, me han soltado unas perras
gordas de finiquito y estoy recogiendo... ¿Para qué te cuento esto?
-Esa chica de ahí también parece bastante mosqueada.
-¿Quién? ¡Ah, Susan! Es maja y le hacía
falta gente para sacar el día adelante.
Ben parece meditar acerca de todo esto. Tiene la
mirada perdida en el fondo de la zona de espera...
-...Y aunque ahora mismo sea un peñazo, me voy a ganar
ese corazón tuyo. -Me viene una risa tonta mientras las lágrimas se me
asoman a las ojos. -De eso no tengas ninguna duda.
Se vuelve a mirarme y entonces lo sé, porque algo me
da un vuelco dentro. Me aprieta la mano un poco y me besa con una ternura
infinita.
Perdonad. Pausa en el Paraíso.
Me quedo así, con los ojos cerrados y la boca
entreabierta.
-Esto va a ser divertido -dice él, con tono animado. Entonces, se vuelve a las cuidadoras y les cuenta en voz baja: -Chicas, ese perrito de la esquina se acaba de comer el poto.
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