Mi novela "¡TE LEO, CIELO!" Cap. 23 / Odios viejos.
Como ya
he tenido oportunidad de apuntar con anterioridad, cuando a Jill se le tuerce
la corriente linfática le surge prodigiosamente el poder laxante necesario para
hacer salir churrillos de arcilla del trasero de una estatua de bronce.
Vale, no
es algo molón, como volar grácil entre jirones de nubes bajas o reesculpir con
tus rayos ópticos el monte Rushmore después de que el Dr. Ignoto lo haya
desfigurado con su Bomba de la Perdición Absoluta e Irrevocable. Pero al
menos es práctico, al estilo de, no sé, un desatascador. O una
chocolatina. Qué digo, es como las dos cosas juntas: te alivia el
problema y encima te deja contenta.
Aunque
tenga el (d)efecto secundario de colmar la paciencia de Job y Asociados por
aquello del mormor de su malhumor.
(¡Oh,
no! ¡De nuevo la aliteración! Esto se pone peligroso...)
Hasta que
Jill ha salido de la floristería con el lóbrego ánimo de quien va a padecer dos
o más transbordos en aeropuertos grandes, las flores se han cerrado, se ha
secado discreto el hilillo de agua de la fuente de la exposición de jardín
francés (tritón a elegir) y las tatara-tatara-tataranietas de ciertas moscas
que en otra tarde de verano se indigestaron con la receta chocolatera secreta
de Mamma Costi han resuelto volar rápidas hasta la heladería más próxima.
Debe de ser la reacción instintiva básica de la Mosca del Viejo Imperio (Toccapeloti
implaccabilis) en proximidad de una tormenta.
Porque, y
lo dejaré claro por si no lo habíais entendido, Jill y Rebecca la Muerdehierros
se odian como una castaña a otra.
(El odio
entre castañas fue tratado con sagacidad por el eminente Alain DesChevrines en
su poco conocido incunable "Del Natural Carácter de los Frutos del Bosque,
su Acierto al Dejarse Caer en un Bol de Cuajada Grumosa y Los Aires de Marzo en
el Corral del Señor Foulen, Te Quiero Irene", un gran éxito del Bajo
Medioevo que alivió el ánimo de muchos iluminadores de manuscritos por sus
jocosas -e inspiradoras- escenas románticas campesinas, a veces acompañadas de
recetas con bayas).
Perdonad.
Estoy desvariando. Qué suerte, a lo mejor así salgo de la fase de
negación... Y es más divertido. Lástima de hilo perdido. El
hilo. ¿Qué es un hilo? ¿Llevo los dientes sucios o he perdido un
botón? Jajajajajajajajajajajajaj...
La cosa
viene desde el día en que a Rebecca le dió por descargar su agresividad
habitual marcando de un mordisco la linterna de Jill tras un sensible
comentario de ésta, algo del calibre de "Por Zaratustra en apagón, cállate
ya con tanto desvarío sobre pulpos y romanas y patines rosa, imbécil. Que
se te va la cabeza y se me está yendo a mí". Vamos, lo típico entre
dos neuróticas que por desgracia han caído en la plantilla de unas multisalas y
tienden a crispar al resto del personal cada vez que respiran.
La proeza
bucal de Rebecca apenas duró media hora en el país de los secretos
aterradores. Lo justo para que Millie -una de las chicas de las salas
Bamfley- se acercara de urgencia al Pub Lican, dos puertas más allá, y se
autorecetase de calmante un copazo de bourbon abrasador garganta abajo que le
templó los nervios y le soltó la lengua.
Los
camareros del Lican le sirvieron toda el agua con hielo que pudieron encontrar
mientras la buena de Millie repetía una y otra vez la historia.
Bueno,
hay cafés de escritores. Bares de escenario, banqueta y micro para
chistosos y enajenados de la guitarra española. Hay lounges oscuros con
pufs de piel de leopardo falsa llenos de atormentados aspirantes a poeta, sus
vestimentas negras sobre cuerpos abúlicos que jamás en la vida han visitado un
gimnasio. Y en el Lican, no sé por qué, abundan los fanáticos de la
conspiración.
Kaba da
Boom.
Las
palabras de Millie, obsesivas, fueron escuchadas en medio de un silencio casi
religioso. "De un mordisco... De un
mordisco...", decía ella sin parar. En menos de diez minutos,
llegó uno de los frikis paranoicos con la verdadera linterna de Jill, comprada
por un billete de cien libras y una estilográfica de marca bastante usada, pero
bonita. Y luego otro tipo, con otra linterna supuestamente mordisqueada,
rebosando una satisfacción que a todos les pareció poco creíble. Y poco
después, otra linterna aparentemente a medio mascar. Y más tarde otra, y
otra...
La
sastrería de la imaginación viste a las historias asombrosas de leyenda.
Las perfuma con ecos de "dejà vu" y las engrandece con misteriosos y
dramáticos juegos de luces. Y así, Rebecca la Muerdehierros se hizo un
hueco en el corazoncito de los solitarios, de los fracasados, de los héroes que
un día pudieron ser y ya no lo son más. Ni lo serán.
Rebecca
no duró mucho en las multisalas.
-Quizá
agobiada por las peticiones de los borrachos del Lican a horas inadecuadas
-decía Jill con frialdad.
No
sé. Hay cosas peores, horrores de los que no se puede escapar ni en la
oscuridad de una sala de cine. Cosas que, peor aún, ahí crecen.
Porque están dentro de una. Cosas como la tristeza, el remordimiento, la
rabia. O... No, no digamos su nombre.
-No
hablemos de eso -solía resolver la conversación Jill.
Ahora
mismo, a punto de salir a por Rebecca, siento escalofríos. Brrrrrr.
Y, si se
me permite ser rara, un atisbo de ilusión.
La tarde
cae mientras Jill hace un par de llamadas. Sí, las chicas tienen una
dirección. Es bueno saber dónde está. Y no acercarse a eso nunca
más.
¿No me
atreveré a decirlo?
La soledad.
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